23/4/08

Laura Castro solodelibros.comParís”, escrita por Émile Zola en 1898, es una novela que, además de una semblanza del París finisecular, resulta ser un compendio de las ideas que agitaron el fin del siglo XIX y que debían alumbrar una nueva sociedad para el nuevo siglo, abarcando tanto las doctrinas científicas, como sociales o filosóficas.La prolijidad de la prosa de Zola encierra casi siempre profundas reflexiones sobre la sociedad en la que vivió, fruto de un genuino interés por el carácter cambiante de una nación que el autor juzgaba representante de la totalidad del mundo civilizado. Y tal vez esa idea de Francia como adalid de las nuevas ideas que perfilaban el cambio de siglo y que prometían un nuevo orden, brilla especialmente en “París”.La exposición de esas ideas, que Zola deja en boca de sus personajes, y más aún, su asimilación y la catarsis que su aceptación provoca, recorren la narración como una estructura sólida que es realmente lo que da cuerpo a la historia, que de lo contrario pudiera resultar algo banal. En “París” esa duda, esa lucha por comprender, está encarnada por Pierre Froment, un cura que ha perdido la fe y que busca una nueva creencia que no sólo llene su espíritu, sino que además le reconcilie con la vida que siente latir a su alrededor y que considera que no tiene nada que ver con los preceptos caducos que Roma se obstina en predicar.Con el mismo detallismo preciosista del que Zola se sirve para describir una habitación, el aspecto de un hombre o el vestido de una dama, se reseña la crisis moral que Pierre afronta, perdida la fe y alterada su conciencia por el escrúpulo que le invade al ser consciente de la injusticia, la inmoralidad y la miseria que corroen la sociedad. Y esa crisis, además de otros hilos de la trama, será la que dará pie para desarrollar en la historia un breve compendio de las principales ideas que convulsionaron el penúltimo fin de siglo, prestando especial atención a la anarquía.La vida de excesos de los burgueses, entregados a la corrupción y a la inmoralidad, y la existencia embrutecida y exhausta del proletariado, suponen un contraste cruel que hace crujir toda la estructura social, que amenaza con hundirse. Los anarquistas buscan acelerar el derrumbe de un sistema que consideran injusto, algunos a base de dinamita, para que de entre los escombros de la iniquidad surja un mundo nuevo donde ya no habrá explotadores y explotados. Y sobre la idoneidad de los medios empleados, así como sobre la necesidad de derramar sangre burguesa como justo pago por la vida miserable de tantos obreros, surge un debate social que aporta mil puntos de vista, pero ninguna solución.Finalmente, Pierre acabará por convertirse a una nueva doctrina: la de la naturaleza. Una doctrina cuyos postulados sólo pueden realizarse en el trabajo, en la existencia fecunda del hombre que une su fuerza a la poderosa corriente que busca el progreso de la civilización y cuyo esfuerzo debe contribuir a la gestación de una humanidad emancipada.El trabajo esforzado de los obreros, unido a la intensa labor de intelectuales y científicos, debe ser la única semilla que germinará en un mundo nuevo. La esencia de ese cambio debe ser el deseo de construir, no destruir, contribuyendo así al avance de los pueblos. La ciencia y el trabajo serán las herramientas con que se extirparán viejos atavismos y una vez caída la venda de sus ojos, la humanidad aprenderá a ser justa, solidaria y ecuánime.Esas son las promesas que traía la proximidad del nuevo siglo, en el que tendría lugar el advenimiento de una nueva sociedad y un nuevo modo de vida. Y realmente, al leer este libro, cuando aquel siglo llegó y pasó y otro nuevo siglo avanza tras de él, uno se pregunta ¿qué fue de todo aquello?

6/4/08

Matias Néspolo EL MUNDO La bohemia parisina renace en un sello de nombre surrealista. Inéditos de viejos compañeros de ruta de Bretón como Desnos o Crevel, además de ocultas joyas 'fin-de-siécle' como Lorrain o Francis Carco se encuentran finalmente con el postergado lector en español. Una aventura editorial que lleva el nombre de un mítico café: Cabaret Voltaire. Cabaret Voltaire era un café de Zurich, hoy convertido en museo, donde se fundó el Dadaísmo y donde sus here­deros, los surrealistas franceses, acos­tumbrarían reunirse. Poco queda del espíritu vanguardista de aquellos años más que ese nombre que aún conserva su fuerza como un talismán. Talismán que hoy tienen en su poder José Mi­guel Pomares y Miguel Lázaro, un ar­quitecto y un economista, madrileños ambos, que han lanzado un sello lite­rario homónimo en Barcelona. La joven Editorial Cabaret Votaire, -inaugurada en octubre de 2006 con Thomas el impostor, de Jean Cocteau- se ha especializado en poco tiempo en las joyas perdidas de la literatura fran­cesa en sintonía «con la bohemia fin-de-siécle y el periodo de entregueras», apunta Lázaro. Aunque el hilo conductor de su incipiente catálogo -compuesto de ocho títulos- «es un guiño a la ciudad de París», explica el editor, «porque son libros ambienta­dos o escritos allí». En la línea parisina de joyas olvida­das se inscribe Monsieur de Bougrelon, una rareza del portento decadentista Jean Lorrain. A la que se le suma París, de Zola, todo un do­cumento del natu­ralismo que llevaba casi un siglo ausen­te en las librerías españolas. Por su parte, dos obras del surrealismo fran­cés, -hasta ahora inéditas en castella­no-, ¡La libertad o el amor!, del poeta Robert Desnos y ¿Estáis locos?, de Re­ne Crevel, confirman la razón de ser del sello. Pero una pequeña editorial inde­pendiente que apuesta fuerte por la prosa provocadora de las viejas van­guardias no lo tiene nada fácil.«Ser economista me ha servido de mucho, porque todo el romanticismo de la edición se pierde a los tres me­ses», confiesa Lázaro. «Como no te muevas, no vendes un sólo libro», ad­vierte a los incautos editores noveles, porque al trabajo de diseño, editing y gestión de derechos, se le suma el de comercial y promotor para que el ne­gocio funcione. «El problema del sec­tor es que para encaminarte necesitas publicar cada vez más y las pequeñas editoriales acabamos machacándonos entre nosotras por una cuota de mer­cado», explica. A riesgo de no poder cuidar cada obra como se merece, Lá­zaro se niega a publicar más de seis títulos al año. Pero sí se atreve a abrir su catálogo. «No descartamos publicar en un futuro literatura alemana, ingle­sa e incluso española». Por lo pronto ya se anima con las letras del exilio con dos novelas inéditas del genial almeriense Agustín Gómez Arcos: El cordero carnívoro y El niño pan. Sus próximas apuestas serán un relato de André Gide inédito en castellano, Re­cuerdos del egotismo de Stendhal y la primera novela de Klaus Mann.

16/3/08

Laura Castro Solodelibros.com François Carcopino-Tusoli, conocido como Francis Carco, fue uno de los escritores que con más ahínco se dedicaron a describir la bohemia y el hampa parisina de principios del siglo XX. Autor prolífico, alcanzó gran reconocimiento en la época y llego a ser miembro de la Academia Goncourt en 1937, pese a lo cual su notoriedad apenas ha llegado a nuestro días.Nacido en Nueva Caledonia, pasó su adolescencia en pequeñas ciudades de provincias francesas pero ya desde entonces Carco se sintió fascinado por la vida de los artistas bohemios y los hampones de París. Atraído por la gran urbe, marchó a ella decidido a vivir de la literatura, si bien compaginó esta labor con la de cantante de cabarés, en los que conoció a algunos de los artistas más relevantes de la época: Picasso, André Salmon, Manolo…Su obra, en prosa o en verso, es un canto al París arrabalero que Carco amó por encima de todas las cosas. Perfecto conocedor del medio, supo plasmarlo de una forma realista pero llena de lirismo. Como si de una fotografía se tratara, sus novelas retratan el París bohemio que desapareció tras la Gran Guerra, por lo que muchas transpiran cierto sentimiento de nostalgia. Sentimiento que también se desprende del hecho de que Carco pasó sus años de juventud en esos barrios, a los que quedó unido por ese sentimiento de melancólica añoranza que nos ata para siempre a aquellos lugares en los que fuimos jóvenes.Publicada en 1914, “Jesús el Palomo”, es una muestra relevante de la escritura de Francis Carco, en la que narra un episodio de la vida de algunos de los moradores habituales de Montmartre. Prostitutas, macarras, rateros y chaperos son los protagonistas de una historia que nos acerca a sus vidas sin juzgarlos ni entrar en consideraciones morales; antes bien, el autor nos enseña que esas gentes, cuyas vidas solemos considerar una aberración, no son sino personas comunes, preocupadas por problemas de lo más humanos.De hecho, el nombre «un jesús» designaba en la época a un chapero adolescente, generalmente homosexual, y su inclusión en la novela causó un gran revuelo en el momento de la publicación de la novela, cuando la homosexualidad masculina estaba fuertemente penada. Sin embargo, el Palomo no es una representación del vicio, sino del amor.Y es que “Jesús el Palomo” no es sino una historia de amor, con sus celos, sus traiciones, sus miedos y sus hipocresías: Fernande, una bella prostituta, se enamora de Jesús el Palomo, un chapero con el que mantendrá una relación, aprovechando que su chulo ha sido llevado a prisión por una delación anónima. La relación con Jesús poco a poco se deteriora y Fernande abandona a Jesús por Pépé el Bicho, un personaje sospechoso que lleva tiempo enamorado de ella. El desamor, la sospecha y la traición acabarán desembocado en un dramático desenlace, que sin embargo es también un acto de amor.Fernande y Jesús son los protagonistas de esta historia, que no es exclusivamente la de sus amores, pues si bien ambos son seres hechos para amar, no necesitan necesariamente que su amor sea correspondido. Su idea del amor es tan elevada, necesitan de tal manera correr detrás del amor que, cuando creen alcanzarlo, siempre comienza para ellos una etapa de infelicidad. La pasión es embriagadora mientras no se logra, cuando el objeto de sus deseos duerme a su lado, el amor vuela a posarse en otra rama y hay que comenzar de nuevo la carrera. Así ambos sustituyen a un amante por otro para añorar siempre a alguno que dejaron atrás, o anhelar a otro que esperan conseguir.Mientras tanto, la vida prosigue en un París lluvioso en el que los macarras se reúnen en los mismos cabarés donde los rateros planean sus golpes, mientras las chicas pasean las aceras bajo los faroles. [más información en http://www.cabaretvoltaire.es/carco.html ]

5/2/08

Jesús Alacid, Revista Quimera Identidad, memoria y libertad. Agustín Gómez Arcos es almeriense, de Enix. Nacido en 1933. Después de ser recolector de esparto y pastor en su infancia, consigue estudiar varios cursos de derecho en Barcelona. Pero su pasión por el teatro lo lleva a Madrid. En 1962 se le concede el Premio Lope de Vega por Diálogos de la herejía, luego la censura se lo arrebata. La obra será mutilada para la representación. Tres años más tarde, queda finalista del mismo premio con Queridos míos es preciso contaros ciertas cosas: el miedo a la censura deja desierto el primer premio. Su teatro se prohibe sistemáticamente. Es entonces cuando Arcos decide marcharse de España en busca de libertad de expresión. Animado por su amigo y actor Antonio Duque va a Londres en 1966 donde trabajará de manera precaria. Luego va a París, en 1968. En París residió hasta su muerte en 1998. Solía volver a Madrid en vacaciones. Entre las dos ciudades escribió el grueso de su narrativa, toda en francés. Dos obras cortas de Arcos se representaban en un café teatro cuando un editor preguntó por el autor al camarero. El camarero resultó ser Agustín Gómez Arcos. El editor, fascinado por las obras de Arcos, le pidió que escribiera una novela en francés, Arcos aceptó y escribió L'agneau carnivore (El cordero carnívoro). Así empezó la andadura literaria del autor almériense en Francia, donde fue reconocido con premios muy importantes, fue dos veces finalista del Goncourt y recibió la Medalla de la Legión de Honor. Su obra ha sido traducida a dieciséis idiomas. Sólo dos de sus catorce novelas Un pájaro quemado vivo (1986) y Marruecos (1991), traducidas por él mismo, se podían leer en español hasta este momento: las editoriales de entonces creían que el público español no estaba preparado para la narrativa de Arcos. Ahora, la editorial Cabaret Voltaire pretende rescatar sus novelas para los lectores hispanohablantes, ya ha publicado dos títulos: El niño pan y El cordero carnívoro. La recuperación de Arcos no se podía hacer esperar más. Entre otras cosas, porque su narrativa está dedicada a España, casi la totalidad de su extensa obra se desarrolla en la historia más reciente de nuestro país. Su mirada distanciada, desde su exilio, es una mirada crítica y emotiva, entre dos culturas, entre dos lenguas. El niño pan es un buen ejemplo de esta mirada. Arcos confesó en su momento que esta era la obra más autobiográfica que había escrito. Pero se trata, como toda ficción autobiográfica, de una reconstrucción del recuerdo, y de la identidad. La mirada de un niño de seis años es el hilo conductor del libro. Este niño «ha perdido» la guerra, su padre era el alcalde republicano y sus hermanos lucharon contra los sublevados. Ahora, su madre, panadera del pueblo, debe hacer el pan blanco que el nuevo régimen da a los niños pobres. Pero no a todos, sólo a los de familia «limpia». Este niño ve pasar el tan preciado pan blanco por delante de sus ojos, pero no puede probarlo. Gómez Arcos consigue emocionar al lector con la mirada lúcida e ingenua de este niño-pan. El narrador nos describe todo el entorno del niño, de su mano, a través de su mirada. La narración se centra en el sexto año del niño, pero la memoria salta. Las diferentes situaciones que el niño experimenta le remiten al recuerdo más reciente, a la época de la II República. De esta manera, la novela se encauza en dos sentidos bien definidos, en dos tiempos superpuestos. La reconstrucción de la memoria selecciona las vivencias más significativas para el niño en esos dos momentos de su vida, probablemente, los recuerdos del propio autor. El tiempo del pan y el tiempo del hambre, el tiempo de las melopeas caseras y el tiempo del silencio. El sentido comparativo reconstruye la tragedia de la Guerra Civil y sus consecuencias. La novela está estructurada a través del funcionamiento de la memoria. El consturcto formal de la obra es significativo en tanto que la narración es la puesta en marcha física de la memoria, de la construcción personal. Se patenta, se plasma de manera concreta un mundo interior lleno de recuerdos, de olvidos y de «recuerdos inventados», como decía Fellini. Cada capítulo desarrolla un elemento de la memoria, el padre, la calle, el pan, sin acudir a un orden cronológico; y por otra parte, cada recuerdo establece una relación referencial con un recuerdo anterior, entonces la narración va aún más lejos en el pasado. Arcos maneja a la perfección este tipo de estructura y establece así la estructura bipolar de la que hablaba antes, profundizando en las vivencias del niño-pan. La autoficción trasciende la anécdota y nos sitúa en un plano identitario. Se trata de una novela de clara filiación con la generación de los niños que «perdieron» la guerra. Esta identificación del autor se presenta sin tapujos en el libro. La narración en tercera persona se transforma en ciertos momentos y se convierte en una primera persona, ese niño se convierte en un «yo» narrador, sin que el lector se lo espere, sin más. La identidad personal se sobrepone a la ficción. De modo que la novela representa tanto una identificación personal como colectiva, al tiempo que se recupera una memoria tanto personal como colectiva. Arcos escribió a los diecinueve años una novela titulada El pan. Esta novela quedó finalista del Primer Premio Formentor de Seix y Barral, pero nunca pudo publicarse. Ya en Francia, y muchos años después, Arcos decide rescribir esta novela; publica L’enfant-pain en 1983. De esta manera, Arcos recupera su primera novela para ofrecerla al lector francés. Este gesto tiene una carga simbólica muy importante, ya que Arcos entrega esta narración, de profundo calado autobiográfico, a los lectores que hicieron posible su trabajo como escritor. Cabe resaltar que L'enfant-pain fue de lectura obligatoria en los liceos franceses durante un tiempo. Se puede hablar de un hecho de plena integración. Su primera novela francófona, El cordero carnívoro, se sitúa en el comienzo de esta integración. El libro cuenta la historia de un amor incestuoso en la posguerra española. El narrador-protagonista repasa su infancia en la casa familiar. El joven narrador vuelve de su particular exilio en Francia para encontrarse con el amor de su vida: su hermano mayor. La vida de este niño está marcada por una supuesta malformación de nacimiento: no abre los ojos hasta pasados dieciséis días. Su madre quiere llevarlo a Lourdes, busca un milagro. Entonces, el niño abre los ojos para mirar a su hermano, es el primero a quien dirige su mirada. La madre, que había puesto todo su empeño en ese milagro, queda frustrada y encierra al niño. La primera infancia la pasa enclaustrado en la casa familiar, alegoría de la España franquista. El único espacio de libertad es el cuarto que comparte con su hermano. La madre respeta esta relación: vive en otro tiempo, otra vida, la vida pasada. Una vida que se truncó con la guerra civil. Carlos, el padre del protagonista, es un exiliado interior, un «muerto en vida»: abogado republicano condenado al ostracismo dentro de la casa. La novela está marcada por la guerra fratricida y sus consecuencias. El panel de personajes se completa con un cura pedófilo y franquista, un maestro republicano obligado a vivir de las clases particulares; y una criada que perdió a su marido en la guerra y que conoce todos los entresijos de la familia. La novela está cargada de simbología: unos personajes y espacios metonímicos que representan la España que el autor quiere contar; una situación de incesto que nos remite a la génesis, posiblemente, la génesis simbólica de unos hermanos nacidos en la posguerra y que ya no están dispuestos a matarse mutuamente; los hermanos escapan del país para volver a encontrarse, la lejanía para aplacar las pasiones y volver al origen; y un final alegórico que desmonta todas las convenciones de lo políticamente correcto en el momento de su publicación. La voz del narrador nos introduce en todo ese mundo claustrofóbico y contradictorio a través de una mirada de niño. La infancia como catalizador, como filtro de todo un mundo en decadencia; pero también como portadora del amor, idílico y físico. Se trata de una novela emocionante y trasgresora, que consigue impresionar treinta y nueve años después de su primera edición. La ficción trata todos los temas que contiene con una libertad impensable en la España de 1975. En cambio, esa libertad era posible en Francia. Pero no es sólo la ausencia de censura lo que mueve a alguien a escribir con la libertad abrumadora que se descubre en este libro. También está la lejanía de su público habitual, la lejanía con respecto al lugar donde se desarrolla la novela, y la lejanía que provoca en él el uso de otra lengua como herramienta de expresión. La novela contiene lo que Arcos necesitaba decir sobre España en aquel momento. Pero no se lo decía a los lectores españoles, se lo decía a los lectores franceses, en su lengua. La novela es pura multiculturalidad: las dos culturas se entrecruzan, la lengua de una y el contenido de otra. Se trata, por lo tanto, de algo más que una narración, es un acto de culturas, donde se descubre la verdadera Europa, la miscelánea.Es importante señalar la valentía de Cabaret Voltaire al apostar por Agustín Gómez Arcos: un autor completamente desconocido en España, pero con mucho por decir.

27/1/08

CABARET VOLTAIRE en el Instituto francés de Valencia (29 de enero 2008 20:00 horas en el auditorium) El Institut français de Valencia recibe a Miguel Lazaro García y a Lydia Vázquez Jiménez para presentar ¿Estáis Locos? de René Crevel, Jesús el Palomo de Francis Carco y ¡La libertad o el amor! de Robert Desnos publicados por Cabaret Voltaire. La editorial Cabaret Voltaire es el sueño dadá de dos jóvenes editores, Miguel Lázaro y José Miguel Pomares, a través del cual nos están mostrando desde hace un año lo mejor de la literatura francesa de las “vanguardias” y del “fin de siècle”. La ciudad de París como talismán creativo, al que acuden artistas procedentes de todos los rincones del mundo dispuestos a aportar su arte y a encontrar su lugar, es el referente que utilizan para dar forma a su colección de títulos. Autores como: Cocteau, Lorrain, Carco, Desnos y Crevel forman parte hasta el momento de su catálogo, que irán incrementando con una media de unos ocho títulos al año. Sin perder el referente simbólico de París se irán abriendo, en próximas publicaciones, a otras épocas y literaturas. En una segunda línea editorial llamada Literaturas del exilio, recuperan la obra de aquellos escritores que se vieron obligados a un exilio, forzoso o creativo, tras la guerra civil española. Objeto de esta segunda línea está siendo el rescate, de la obra narrativa escrita en francés, del escritor andaluz Agustín Gómez Arcos. [ más información http://www.ifvalencia.com/es/cgi-bin/article_view.asp?sid=03020200&aid=719 ]

29/12/07

Laura Castro Solodelibros.com Tremendamente original y muy, muy divertida, así es esta novela del surrealista René Crevel que ahora edita Cabaret Voltaire y que depara unas horas de grata lectura al lector que se atreve a adentrarse en el mundo increíble, absurdo, cómico y algo nostálgico de sus páginas. El surrealismo late en esta disparatada historia poblada de seres fantásticos, extraños, originales cuyas andanzas el autor desgrana en un largo monólogo lleno de un humor fino y jubiloso. Si bien es un surrealismo cercano, que en más de un momento recuerda al humor absurdo de Enrique Jardiel Poncela y al que se le podría buscar parentesco con el realismo mágico aunque sin caer en la ñoñería de éste. Un hombre sin nombre al que se le acaba llamando Saudade, una vidente antigua amaestradora de pulgas, una mujer de mundo fusilada por espía que revive cada doce horas gracias a un faquir, el príncipe de Gales, un cirujano plástico, una enfermera que vendió su bocio… son algunos de los personajes que componen la extravagante galería que Crevel inaugura para nuestro disfrute, entretejiendo la inverosímil historia de cada uno de ellos hasta formar una unidad perfectamente acabada. Esa unidad viene marcada por el monólogo de una voz que va narrando a Saudade la historia de cada uno de los personajes que van componiendo la desopilante narración, si bien ese narrador omnisciente cede de continuo la palabra a cada uno de los actores para que estos cuenten por sí mismos su parte de la historia. De este modo la novela gana en agilidad, se hace ligera y logra mantener presa la atención de un lector que aguarda expectante cada nueva sorpresa que le depara el texto. Pero a pesar del tono festivo de la narración, la novela destila nostalgia y, ocultas en la singular historia, se perfilan reflexiones aceradas sobre las incongruencias de la vida, sobre la incapacidad del ser humano de comprender nada de lo que le rodea, ni aún a sí mismo, sobre esa laxitud que obliga a abandonarse a cuanto ocurre una vez uno se convence de que plantar cara a los acontecimientos es un esfuerzo inútil. En definitiva, penetrantes reflexiones sobre el hastío vital, sobre la certeza de que la felicidad, si existe, ya ha quedado atrás. Un mal du siècle que se arrastra hasta la década de los años veinte para impregnar la novela de Crevel. Decía más arriba que la novela compone una unidad perfectamente acabada, donde todo culmina en un final que parece romper la historia para reconstruirla de nuevo con un guiño al lector e incluso al propio autor, que parece haber sido poseído por la narración, logrando liberarse tan sólo al final. Pues esa voz que ha ido desgranando ese largo soliloquio, al que sólo faltaba comenzar con un “érase que se era” y cuyas reflexiones estaban destinadas a Saudade como las fábulas que se narran a los niños que se van a dormir, esa voz le pide al final a ese Saudade misterioso que se arranque la máscara, ese pseudónimo que lo oculta a lo largo de toda la novela, para descubrir que no es otro que el propio René Crevel. "Pero si eres yo. Yo soy tú. Somos el mismo. De modo que de Saudade, o sea de René Crevel, ya no hablaré en tercera persona, del mismo modo que no le hablaré a él en segunda.Pero antes es importante terminar con nuestros otros personajes, organizarles un destino". Y aquí el autor trama para quien su final de manera breve, que no precipitada. Este final sorprendente que cierra la novela como un broche de oro, es además una clara muestra de la modernidad que rezuma la misma en todo su planteamiento: la manera de narrar, el lenguaje como una parte viva de la historia, los personajes casi independientes de su autor buscándose a sí mismos y expresando esa búsqueda a su manera. Porque a fin de cuentas de eso versa “¿Estáis locos?”, de la búsqueda de sí mismo que emprende el autor disfrazado de Saudade al principio de la obra, si bien esa búsqueda, en el fondo, no pasa de ser un juego al que se invita al lector para combatir ese hastío que nos invade y que hay que entretener mientras dura la vida. [ más información http://www.cabaretvoltaire.es/crevel2.html ]

29/11/07

Harry Vélez Quiñones University of Puget Sound (Seattle EEUU) Perversa monstruosidad: estratégias de resistencia cultural en L'agneau carnivore de Agustín Gómez Arcos En 1975, L'agneau carnivore (1974), novela escrita por el español Agustín Gómez Arcos, ganaba el Prix Hermés a la mejor primera novela en lengua francesa. Residente en Francia desde 1968, su autor se había desta­cado en su país antes de su exilio como traductor de Jean Giradoux y, sobre todo, como dramaturgo, habiendo ganado en dos ocasiones el prestigioso premio Lope de Vega. Ahora bien, en L'agneau carnivore Gómez Arcos hace suya la lengua del "otro" por excelencia en el contexto hispánico; el francés, para componer un texto que habla en profundidad tanto del propio ser como del país natal. Al discutir la tendencia a desbaratar órdenes represivos que ella detecta en el expatriado, Julia Kristeva señala que la partida al exilio conlleva la escisión del cuerpo y del ser origínales. Al serle dada lo que llama "an incongruous liberation of language" (31), ["una incongrua liberación del lenguaje"] el extranjero es capaz de formular toda suerte de audaces e incluso obscenas proposiciones. La valentía intelectual del artista exilado y su inclinación hacia lo obsceno en ocasiones se funden, según Kristeva, en "an intense solitary exploration through memory and body" (32). ["una intensa y solitaria exploración a través del recuerdo y del cuerpo"]. Esto, continúa ella, es un 'rare miracle' ['milagro excepcional']; un híbrido producto de lo natural y lo apropiado que entra en relación con la plenitud de lo cultural, con la tradición en su totalidad. Un híbrido en sí misma, L'agneau carnivore, ficción autobiográfica de una monstruosa perversidad, expone un múltiple proyecto cuyo principal objetivo es el de demoler la corriente de discursos que sustentan regímenes represivos como el franquista. En el seno de una familia andaluza de provincias de clase alta nace, hacia 1949, Ignacio. Hijo no deseado de una madre burguesa y un abogado republicano, el personaje principal de esta narración lleva una vida de encierro y regalo hasta casi sus trece años. Detestado por su madre e ignorado por su padre, hallará ternura en Clara, la campechana criada de la casa. El afecto lo habrá de encontrar en su hermano, Antonio, cinco años mayor que él. Éste, sin embargo, no es un ordinario vinculo fraternal. Aparte de hermano, Antonio es maestro y héroe, amante y dios (Gómez Arcos 204). La vida bajo el fascismo enfrenta a ambos jóvenes a lo que Juan Goytisolo describe como una bien planeada tentativa de silenciar todo germen de disidencia a través del envenenamiento y eventual eliminación de la capacidad humana para la libertad. Su respuesta toma la forma de una perversa lucha armada; el cuerpo siendo, claro está, un arma mortal. La deliberada subversión de usos sexuales y religiosos es comparada a la práctica del terrorismo por Antonio, Ignacio y también Clara (Gómez Arcos 148/306). El incesto y la sodomía, dos de las prohibiciones mas celosamente defendidas en la cultura occidental, junto con el ateísmo, el anarquismo y el terrorismo forman la parte fundamental de un intento de reemplazar las ideas tradicionales de familia y polis. Esta valiente promesa de un 'nuevo mundo' pasados ya los primeros años de la posmodernidad suscita algunas preguntas. Como tal vez lo planteara Paul Julián Smith: “Si el poder, el conocimiento y el placer están tan estrechamente ligados, ¿es acaso posible suponer una autoridad, bien en lo político o lo sexual, de la cual el sujeto pueda efectivamente liberarse?" Más aún, urge determinar si al colocar la sodomía y el incesto a la cabeza de un tal proyecto renovador forma parte el texto de un programa idealista-bucólico con miras a depurar los estigmas tradicionalmente adjudicados a estas heterodoxas categorías. ¿Si a este bravo par de hermanos sodomitas e incestuosos les es otorgado el dudoso honor de ser los salvadores de la cultura y los valores liberales de la mayoría burguesa no merecerán acaso la tolerancia y quizá el respeto de dicha mayoría? ¿Y qué más heterodoxo -más mostruoso- que una oveja devoradora de ovejas, una oveja carnívora? En efecto, la novela de Gómez Arcos recalca insistentemente lo monstruoso, categoría inestable que incluye adjetivos como anormal, perverso, antinatural, malvado, bárbaro, extraño, raro, pero también prodigioso, maravilloso, portentoso, milagroso, etc. La concepción, nacimiento y vida de Ignacio están marcadas por este signo."El producto de la violación por parte de un cadáver de un cuerpo que no era más que una tumba (Gómez Arcos 129-130) no podía ser menos que un monstruo, como bien lo explica su propia madre, Matilde. Para su fortuna, el infante Ignacio cumple a la medida su monstruoso destino ya que, al nacer con los ojos firmemente cerrados, es tenido por ciego, es decir, por monstruo. A través de la reificación en un parto anómalo de la culpa derivante de su vida derrotada por una guerra perdida y de su fracasado matrimonio, Matilde habría podido tal vez purgar su ser. Una vez conseguido dicho fin, ésa se habría embarcardo en un "de-mostrativo" viaje internacional a los principales centros de peregrinaje en pos de un milagro. Tal viaje le habría permitido exhibir su absurdo y atroz destino; mostrarlo al mundo como algo antinaturalmente maravilloso." [ ver artículo completo...]

18/11/07

Julio Cortázar RAYUELA Capítulo 21
A todo el mundo le pasa igual, la estatua de Jano es un despilfarro inútil, en realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás. Es lo que se llama propiamente un lugar común. Nada que hacerle, hay que decirlo así, con las palabras que tuercen de aburrimiento los labios de los adolescentes unirrostros. Rodeado de chicos con tricotas y muchachas deliciosamente mugrientas bajo el vapor de los cafés créeme de Saint-Germain-des-Prés, que leen a Durrell, a Beauvoir, a Duras, a Douassot, a Queneau, a Sarraute, estoy yo un argentino afrancesado (horror horror), ya fuera de la moda adolescente, del cool, con en las manos anacrónicamente Etes-vous fous? de René Crevel, con en la memoria todo el surrealismo, con en la pelvis el signo de Antonin Artaud, con en las orejas las Ionisations de Edgar Varèse, con en los ojos Picasso (pero parece que yo soy un Mondrian, me lo han dicho).
-Tu sèmes des syllabes pour récolter des étoiles –me toma el pelo Crevel.
-Se va haciendo lo que se puede –le contesto.
-Y esa fémina, n´arretera-t-elle donc pas de secouer l´arbre à sanglots?
-Sos injusto –le digo-. Apenas llora, apenas se queja.
Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida, mientras en las mesas de al lado se habla de Argelia, de Adenauer, de Mijanou Bardot, de Guy Trébert, de Sydney Bechet, de Michel Burtor, de Nabokov, de Zao-Wu-Ki, de Louison Bobet, y en mi país los muchachos hablan, ¿de qué hablan los muchachos en mi país? No lo sé ya, ando tan lejos, pero ya no hablan de Spilimbergo, no hablan de Justo Suárez, no hablan del Tiburón de Quillá, no hablan de Bonini, no hablan de Leguisamo, Como es natural. La joroba está en que la naturalidad y la realidad se vuelven no se sabe por qué enemigas, hay una hora en que lo natural suena espantosamente falso, en que la realidad de los veinte años se codea con la realidad de los cuarenta y en cada codo hay un gillette tajeándonos el saco. Descubro nuevos mundos simultáneos y ajenos, cada vez sospecho más que estar de acuerdo es la peor de las ilusiones. ¿Por qué esta sed de ubicuidad, por qué esta lucha contra el tiempo? También yo leo a Sarraute y miro la foto de Guy Trébet esposado, pero son cosas que me ocurren, mientras que si soy yo el que decide, casi siempre es hacia atrás. Mi mano tantea en la biblioteca, saca a Crevel, saca a Roberto Arlt, saca a Jarry. Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer (¿me hapasiona, dije?), y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y confuso futuro donde chicos con tricotas y muchachas de pelo suelto beben sus cafés créme y se acarician con una lenta gracia de gatos o de plantas.
Hay que luchar contra eso.
Hay que reinstalarse en el presente.
Parece que yo soy un Mondrian, ergo...
Pero Mondrian pintaba su presente hace cuarenta años.
(Una foto de Mondrian, igualito a un director de orquesta típica ((¡Julio de Caro, ecco!)), con lentes y el pelo planchado y el cuello duro, un aire de hortera abominable, bailando con una piba disquera. ¿Qué clase de presente sentía Mondrian mientras bailaba? Esas telas suyas, esa foto suya...Habismos.)
Estás viejo, Horacio. Quinto Horacio Oliveira, estás viejo, Flaco. Estás flaco y viejo, Oliveira.
-Il verse son vitriol entre les cuisses des faubourgs –se mofa Crevel.
¿Qué le voy a hacer? En mitad del gran desorden me sigo creyendo veleta, al final de tanta vuelta hay que señalar un norte, un sur. Decir de alguien que es un veleta prueba poca imaginación: se ven las vueltas pero no la intención, la punta de la flecha que busca hincarse y permanecer en el río del viento.
Hay ríos metafísicos. Sí, querida, claro. Y vos estarás cuidando a tu hijo, llorando de a ratos, y aquí ya es otro día y un solo amarillo que no calienta. J`habite à Saint-Germain-des-Prés, et chaque soir j’ai rendez-vous avec Verlaine. / Ce gros pierrot n`a pas changé, et pour ocurrir le guilledou... Por veinte francos en la ranura Leo Ferré te canta sus amores, o Gilbert Bécaud, o Guy Béart. Allá en mi tierra: Si quiere ver la vida color de rosa / Eche veinte centavos en la ranura... A lo mejor encendiste la radio (el alquiler vence el lunes que viene, tendré que avisarte) y escuchás música de cámara, probablemente Mozart, o has puesto un disco muy bajo para no despertar a Rocamadour. Y me parece que no te das demasiado cuenta de que Rocamadour está muy enfermo, terriblemente débil y enfermo, y que lo cuidarían mejor en el hospital. Pero ya no te puedo hablar de esas cosas, digamos que todo se acabó y que yo ando por ahí vagando, dando vueltas, buscando el norte, el sur, si es que lo busco. Si es que lo busco. Pero si no lo buscara, ¿qué es esto? Oh mi amor, te extraño, me dolés en la piel, en la garganta, cada vez que respiro es como si el vacío me entrara en el pecho donde ya no estás.
-Toi –dice Crevel- toujours prèt à grimper les cinq étages des pythonisses faubouriennes, qui ouvrent grandes les portes du futur...
Y por que no, por qué no había de buscar a la Maga, tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, el arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y oliva que flota sobre el río que dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, nos íbamos por ahí a la caza de sombras, a comer papas fritas al Faubourg St. Denis, a besarnos junto a las barcazas del canal Saint-Martin. Con ella yo sentía crecer un aire nuevo, los signos fabulosos del atardecer o esa manera como las cosas se dibujaban cuento estábamos juntos y en las rejas de la Cour de Rohan los vagabundos se alzaban al reino medroso y alunado de los testigos y los jueces... Por qué no había de amar a la Maga y poseerla bajo decenas de cielos rasos a seiscientos francos, en camas con cobertores deshilachados y rancios, si en esa vertiginosa rayuela, en esa carrera de embolsados yo me reconocía y me nombraba, por fin y hasta cuándo salido del tiempo y sus jaulas con monos y etiquetas, de sus vitrinas Omega Electron Girard Perregaud Vacheron & Constantain marcando las horas y los minutos de las sacrosantas obligaciones castradoras, en un aire donde las últimas ataduras iban cayendo y el placer era espejo de reconciliación, espejo para alondras pero espejo, algo como un sacramento de ser a ser, danza en torno al arca, avance del sueño boca contra boca, a veces sin desligarnos, los sexos unidos y tibios, los brazos como guías vegetales, las manos acariciando aplicadamente un muslo, un cuello...
-Tu t`accorches à des histories –dice Crevel-. Tu ètreins des mots...
-No, viejo, eso se hace más bien del otro lado del mar, que no conocés. Hace rato que no me acuesto con las palabras. Las sigo usando, como vos y como todos pero las cepillo muchísimo antes de ponérmelas.
Crevel desconfía y lo comprendo. Entre la Maga y yo crece un cañaveral de palabras, apenas nos separan unas horas y unas cuadras y ya mi pena se llama pena, mi amor se llama mi amor... Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos y llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente? No, no hemos vivido así, ella hubiera querido pero una vez más yo volví a sentar el falso orden que disimula el caos, a fingir que me entregaba a una vida profunda de la que sólo tocaba el agua terrible con la punta de pie. Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos.
Inútil. Condenado a ser absuelto. Vuélvase a casa y lea Spinoza. La Maga no sabe quién es Spinoza. La Maga lee interminables novelas de rusos y alemanes y Pérez Galdós y las olvida enseguida. Nunca sospechará que me condena a leer a Spinoza. Juez inaudito, juez por sus manos, por su carrera en plena calle, juez por sólo mirarme y dejarme desnudo, juez por tonta e infeliz y desconcertada y roma y menos que nada. Por todo eso que sé desde mi amargo saber, con mi podrido rasero de universitario y hombre esclarecido, por todo eso, juez. Dejate caer, golondrina, con esas filosas tijeras que recortan el cielo de Saint-Germain-des-Prés, arrancá estos ojos que miran sin ver, estoy condenado sin apelación, pronto a ese cadalso azul al que me izan las manos de la mujer cuidando a su hijo, pronto la pena, pronto el orden mentido de estar solo y recobrar la suficiencia, la egociencia, la conciencia. Y con tanta ciencia una inútil ansia de tener lástima de algo, de que llueva aquí dentro, de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.

17/11/07

Luis Antonio de Villena EL PAIS Babelia La España cainita. El caso de Agustín Gómez Arcos, que escribió gran parte de su obra en francés, es tardío y extremo. Nació en un pueblo pobre de Almería y entre los vencidos de la Guerra Civil. Palabras como hambre, marginación y crueldad vivirían en su imaginario ya para siempre. Ahora se publica El niño pan, una de las grandes novelas de la posguerra española. Agustín Gómez Arcos (1993-1998) fue un autoexilado de la última hora, de 1967, cuando los optimistas sitúan la apertura del franquismo. Había venido a Madrid en los años cincuenta para abrirse camino como dramaturgo y actor. Empezó a escribir en español. Harto de la censura, se fue a vivir a París, donde trabajó en lo que pudo hasta que un editor confió en él y en un proyecto de novela donde el tema del incesto se mezcla con la honda y terrible España de la posguerra. Así surge, en 1975, El cordero carnívoro que lo convirtió en un autor de éxito en francés, abriendo una carrera brillante y heterodoxa. Gómez Arcos es otra víctima de nuestra guerra y posguerra inciviles, de la crueldad de los vencedores, del horrible cainismo hispano. Y aunque se publicara en francés en 1983 (es su quinta novela) El niño pan es la novela -de fondo autobiográfico- que abre su ya escrita saga sobre la posguerra española, y la clave cierta de su amor y su odio al país que lo vio nacer. Lírica sin dejar de ser narrativa, con distancia de observador, sin perder la fuerza del implicado, El niño pan relata la historia de una familia de la Almería rural (el pueblo podría ser Enix, el suyo) en el primer año de la posguerra. Una familia de "rojos" que conoce miseria y humillaciones, pero que resiste. Todo ello visto por un niño que mira cómo el pan de harina que amasa su madre es para los vencedores, mientras que él tiene que contentarse con el basto pan de salvado. "Comida para animales, pero no eran animales quienes la comían". La novela, dura pero más refinada que naturalista, cuenta la raíz del daño, se llame odio, negrura o grisura de una España que maltrata a una parte de sí propia. Historia de una familia y de un pueblo, y de su supervivencia en un medio hostil, es a mi entender (y subrayo que se editó en 1983) una de las más logradas novelas sobre nuestra posguerra y las inevitables secuelas que tanta dureza e injusticia tenían que dejar. Muy a considerar la buena labor de la traductora que ha vertido el francés original a la lengua en la que ocurre la acción y que ha tenido en cuenta los términos rústicos propios de Almería. http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Espana/cainita/elpepuculbab/20070428elpbabnar_12/Tes
Carlos Pujol ABCD diario ABC La literatura y sus disfraces. En 1922, Cocteau, perpetuo mutante, ya había realizado no pocas de sus continuas metamorfosis (simbolista, vanguardista, neoclásico, etc.), y abordó el tema de la reciente gran guerra de una manera tan original como provocadora, con una mixtura de frivolidad y horror que fue un escándalo. No hablaba de oídas, él también era ex combatiente, pero la desenvoltura de su novelita, empedrada de metáforas ingeniosas, no era algo que el público pudiera aceptar. Thomas el impostor retrata la confusión de la guerra, tomando como modelo un precedente muy ilustre, la stendhaliana Cartuja de Parma; con otra Sanseverina, una princesa «que había nacido actriz», inspirada en Misia Godebska (la que en su tercer matrimonio fue esposa del pintor español Sert), y otro Fabrice, el joven Thomas, que se inspira en el propio escritor. La novela contiene numerosos aforismos y comparaciones de gran lucimiento, a lo Oscar Wilde (una frase de muestra: «Las aguas grises se precipitaban y penetraban trágicamente en el mar del Norte como un rebaño de ovejas entra en el matadero»). «Demasiado brillante», se le reprochó; «brillante como una lágrima», dijo él. El sentido de la vida. Y no sin razón, porque aunque su tentativa novelesca está lejos de poder competir con un Stendhal o un Balzac, Cocteau puso en estas páginas el sentido más profundo de su vida y de su obra. «En él la ficción y la realidad eran lo mismo», leemos, y habla de sí mismo identificándose con sus máscaras, como si nos dijera que lo que le permite esconderse es tan sustancial como lo que esconde. El impostor Thomas, que se hace pasar por quien no es, pero que se comporta en la guerra como si lo fuese, y que cuando decide fingir que está muerto resulta que le matan de veras, es un histrión que vive de simulaciones muy reales; y a su alrededor todo es teatro, una mentira «inútil como las Pirámides y vistosa como el Faro de Alejandría». Pero con sangre de verdad y episodios que no pueden ser más truculentos. Para Cocteau, todo es un juego de apariencias engañosas, uno es lo que finge ser, parábola del escritor que nos engaña para ser más verdadero. Que es más auténtico cuando se disfraza, porque sin este disfraz le angustia lo que siente como desnudez. «En ciertas mujeres las perlas más bellas se tornan falsas, y en otras las falsas parecen verdaderas.» Adornos que nos dañan. «Al releerme», confesó en un libro de título revelador, La dificultad de ser, «solamente me avergüenzo de los adornos, que nos dañan, porque desvían la atención de nosotros. Al público le gustan, se ciega con ellos y deja de lado todo lo demás.». «La dificultad de ser» podría consistir en ser consciente de que cualquier adorno nos falsea, y no obstante no poder expresarse más que de una forma llamativamente ornamentada. «Habla demasiado bien para escribir algo duradero», dijo de él Gertrude Stein, tal vez con un exceso de severidad; pero es que Cocteau, a quien todo el mundo retrata como amabilísimo y de una simpatía irresistible, parece que también provocaba irritación al comprobar que era inagotable de ingenio y de recursos verbales. Thomas el impostor, con su pasmosa facilidad para sorprender (él contaba que Diaguilev le dio la consigna «Sorpréndeme», y no hizo otra cosa en toda su vida), convirtiendo la guerra en el más cruel de los juegos, espantoso y divertido a la vez, en lo cual seguía a Apollinaire y a los dadaístas, ha de resultar chocante. Pero no ha de leerse como una historia de tema bélico, sino como una personalísima escenificación de sus propios fantasmas.
Literaturas.com Periodista de crónicas mundanas y prosista y poeta extravagante y exquisito, Jean Lorrain (1855-1906) representa como pocos el espíritu del decadentismo francés del fin de siècle. Su obra Monsieur de Bougrelon publicada en 1897, el mismo año en que Lorrain se bate en duelo con Marcel Proust por una crítica de Los placeres y los días, fue saludada como una obra maestra desde su misma aparición. Una prosa jugosa y barroca narra las experiencias de dos viajeros franceses en Holanda. Monsieur de Bougrelon, viejo aristócrata arruinado hace su aparición en un burdel que éstos visitan y se convierte después en su cicerone y ángel tutelar. La facundia del anciano trata de velar su penosa decadencia, y se recrea en mil historias terribles y cómicas que va narrando a los perplejos viajeros, relatos plenos de lujuria y castidad, de desenfreno y romanticismo. Damas de viejos retratos y venus callejeras roban por igual el corazón de un individuo que vibra también ante formas animales y vegetales. Pero la prosa de Lorrain consigue que su locura nos seduzca: "Aquella piña, señores, era el ojo de Bárbara y también las profundidades del mar", y además el final es realmente memorable. El espectro nos conduce en un viaje, pleno de inspiración, por el brillo corrupto de un mundo perdido.
Luis Antonio de Villena DECADENCIAS EL MUNDO Putas, efebos y chulos. Ahora el parisino Montmartre es casi un decorado turístico y Pigalle un barrio de emigrantes, que puede por eso tener su encanto. Pero ninguno tiene ya nada que ver (quizá Pigalle guarde algo de mala vida) con lo que esos barrios pobres, prostibularios y artísticos fueron a comienzos del siglo XX, cuando París era la capital cultural del mundo -ya no lo es- y la bohemia, un timbre de gloria, incluso picassiano. En ese tiempo mísero y feliz, que terminaría con los días tranquilos de Henry Miller en Clichy, triunfó un novelista tenido por muy parisino, aunque había nacido en ultramar, en Nueva Caledonia, donde su padre, oriundo de Córcega, era inspector de prisiones. Me refiero a Francis Carco (1886-1958), afecto de Villon y de Verlaine (sobre los que escribió dos bellos libros), quien amó siempre a los perdedores y a los golfos, a quienes veía con natural simpatía porque él también había sido chansonnier de cabaré y había vivido esas interminables noches como una vida natural, sentimental y pura contra la mirada hostil de tantos. Muchos desde el fin de siglo (como Jean Lorrain o el propio Proust) escribieron de la vida golfa, pero tomaron el punto de vista del cliente o del visitante. El entrañable Carco (abreviación del apellido Carcopino) fue el primer moderno en escribir desde dentro, luego le siguió a ratos su amiga Colette y, de alguna manera, parte de Carco es el más serio precedente de Jean Genet. Francis Carco no era gay (o sarasa o maricón, dirían entonces), pero no tenía nada contra ese mundo, que debía ser forzosamente marginal y crápula, y que conoció muy bien en el París bohemio inmediatamente anterior a la I Guerra Mundial. Aunque ya antes había publicado poesía sentimental, su primera novela -y una de las mejores de su producción, olvidada en España- se editó en 1914 precisamente, y se tituló Jesus la Caille (Jesús la codorniz), pero que la reciente y excelente traducción de Cabaret Voltaire nos ofrece como Jesús el Palomo porque, en efecto, el chiquito guapo, fino y afeminado que se prostituye con otros en los cafetines de aquel Pigalle, y que tanto se lía con putas dulces como con grandes macarras (un orbe sensual de dulzura, ternura, navaja y vicio), responde a un mote todo él feminoide: lindo como un Niño Jesús y «cojo» según el palomo de nuestro viejo dicho andaluz. Un chico guapo y mariquita. La novela (ágil, lírica, cruda, natural) nos presenta un modo de vivir que es así y que el autor no juzga porque ve adentro demasiado amor, daño y oro que el burgués no entiende. No hay burla, desgarro, ni parodia en esta feliz y algo melancólica novela (muy recomendable y distinta, pese al tiempo transcurrido) de un lindo galancete que se deja decir «mi niña» por la puta que lo ama, y que gusta por igual a hombres y a mujeres en el ambiente de molicie y galbana de aquel París del vicio dichoso. Jesús el palomo es un viaje y una lección de una moral distinta. Y aún más: la constatación rigurosa, ligera y muy bien escrita de lo que podríamos llamar el fulgor o el carisma del cieno. Que lo tiene, sin duda.
Miguel Sánchez-Ostiz ABCD diario ABC De amores locos. Los aficionados a la literatura surrealista de culto y que no manejen la lengua francesa están de enhorabuena, porque la traducción de ¡La libertad o el amor!, el hermoso artefacto narrativo de Robert Desnos (1900-1945), es muy creativa, muy concienzuda y va acompañada de un prolijo prólogo (que diría Boris Vian) que no tiene desperdicio: docto, creativo también y fundamentado, plagado de datos que sitúan a la obra y a su autor, un personaje muy especial y un escritor valioso en aquel magma literario del surrealismo parisino y de las vanguardias de entreguerras. Desnos murió a resultas de su estancia en un campo de concentración. Las notas a pie de página que jalonan la narración son tan apropiadas que parecen del propio Desnos. Todo hace pensar que la autora del prólogo tiene entre manos un buen libro sobre la literatura francesa de entreguerras. El llamado «público en general» no sé qué pensará de la literatura tan transgresora de Desnos, tan loca, salvo que la lea como un objeto de culto. No veo yo al público quitándose de las manos esta bellísima obra de Desnos para hacer de ella un objeto de culto. No así a sus lectores, si es que los ha tenido en España. Literatura para lectores entonces, pero no para un público voraz más interesado en hacerse con el enigma templario que se lleve esa última temporada. La estética transgresora de 1927 queda muy lejos. Hoy, al que se le ocurra perpetrar una narrativa «surrealista» le tirarían pellas, si es que consigue editor. No corren buenos tiempos para las transgresiones literarias, aunque vayan acompañadas, como en este caso, de un lirismo intenso y muy hermoso. El que lo hace, se la juega. Hay que estar en el Olimpo. A no ser que cubramos el texto, tan limpio por otra parte, tan claro, de jerigonza académica francesa y de pedanterías, el lector deberá descubrir, al margen de las trampas literarias continuas y de los rasgos del humor fabuloso de Desnos, de qué trata ¡La libertad o el amor!, dónde empieza la hermosa errancia ciudadana del poeta (una de las más brillantes muestras de este hacer de la ciudad protagonista del relato), y dónde la historia del loco amor (o lo que sea) de Corsaire Sanglot y de Louise Lame, en un tiempo sin tiempo, en una realidad no sujeta a temporalidad alguna expresada en imágenes poéticas muy brillantes que sostienen por sí solas el «relato». Una joya literaria que sería una lástima que no pasase de ser el testimonio de una literatura sólo apta para conjurados.