21/4/09

Andrés Pau suplemento Posdata Diario LEVANTE
Una juventud alemana Se traduce por primera vez la "opera prima" de Klaus Mann.
Klaus Mann (Munich, 1906-Cannes, 1949) es, creemos, un caso único si nos fijamos en la perversidad del orden en que ha sido traducido. Resulta lógico si tenemos en cuenta la injusticia con que siempre se le ha tratado. Para confirmar este caos y también como afortunada reparación, se traduce —y muy bien, además— ahora, en 2009, su opera prima, escrita a los diecinueve años.
Cualquier opera prima que se precie supone una condición avant la lettre: la obsesiva presencia de su autor y la consiguiente urgencia por escribir un manifiesto generacional. También suelen ser novelas teñidas de una apasionada y conmovedora vehemencia. Fíjense, si no, en la cantidad de pistas que nos aporta el arranque de La danza piadosa: el joven Andreas Magnus —¿merece comentarios el apellido?— es un joven artista que tiene un sueño donde aparece indigno a los ojos de la Madre de Dios. Al día siguiente y tras un amago de suicidio, emprende un viaje iniciático en pos de algo tan intangible como inefable, denominado «su melodía». Y parte hacia Berlín dejando atrás un hogar burgués presidido por la figura paterna, de dimensiones aterradoras. ¿Caben más datos...?
A Andreas, además, le mueve un interrogante: qué papel interpretará su generación, aquélla cuya infancia discurrió entre los algodones perfumados del orden burgués y ha llegado a la juventud en el desgarrador caos de los años veinte. Ingenuo y sin apenas dinero, se interna en el lado salvaje: desde la pensión que le hospeda—extraordinaria la pintura de personajes— hasta los tugurios fin de trayecto de ciertas noches, pasando por el cabaret donde canta y baila, los escenarios de La danza piadosa nos muestran —y en pocas novelas lo hemos leído con tanto entusiasmo— el mejor Berlín de todos los tiempos. Sus compañeros de viaje —jóvenes a la deriva, boqueando de insatisfacción y de placer— redondean su educación sentimental.
Klaus Mann, no olvidemos sus diecinueve años, escribe un fresco con vocación totalizadora acerca de ese polvorín a la espera del desequilibrado que le acercara un fósforo llamado República de Weimar: hay burgueses y artistas, hay bohemios y empresarios, hay padres y hay hijos.... Pero sobre todo hay juventud..., y donde hay juventud hay vida.
Si bien la tramoya narrativa es respetuosa con el tiempo y el punto de vista, las descripciones siempre se encuentran deformadas por una distorsión de hondo calado expresionista: la iluminación —electricidad, gas, velas— nocturna, la tendencia a cierto feísmo descriptivo, la sordidez de los escenarios, los contrastes cromáticos... Sirva como ejemplo: «Entre el negro de la noche y el rabioso amarillo de los anuncios luminosos, las viejas prostitutas se pavoneaban discutiendo de negocios entre ellas, apergaminadas como momias y multicolores en sus raídas pieles y horrorosos botines rojos».
La danza piadosa es una novela siempre en movimiento, siempre en busca de algo que existe pero no tiene nombre o si lo tiene resulta inasible. Andreas avanza entre reflexiones, experiencias y un sentido trágico de la vida que contrapesa su honda espiritualidad, de origen panteísta con explícitas alusiones a Walt Whitman: «Amar es el reconocimiento del conjunto de la creación en un cuerpo». El trayecto concluye —o es el principio de otro más profundo— una mañana parisina tras una noche salvaje; y Andreas, más vehemente y emocionado que nunca, escribe: «Todos los árboles están susurrando para mí, todos los mares me están esperando».
¡Pobre Klaus Mann..., no sabía bien hasta qué punto!

4/4/09

Silvia Detti LA VOZ DE ALMERIA
Cabaret Voltaire vuelve a editar a Agustín Gómez Arcos
La editorial barcelonesa ha publicado recientemente ‘Ana no’, la más exitosa novela de Agustín Gómez Arcos, autor nacido en Enix y que se convirtió en escritor de culto en París
Tras la muerte de su marido y de sus hijos mayores en la Guerra Civil, Ana, madre pobre y analfabeta, deja su pueblo a los setenta y cinco años y, siguiendo la vía del tren, se va al Norte para visitar a su hijo Jesús, encarcelado a cadena perpetua por comunista.
Esta es la historia que encierra ‘Ana no’, novela del escritor Agustín Gómez Arcos que acaba de ser publicada por Cabaret Voltaire, editorial barcelonesa dirigida por Miguel Lázaro.
El autor, nacido en el pequeño municipio de Enix y alumno de Celia Viñas, es prácticamente desconocido en España pero muy admirado en Francia, donde murió en 1998. Sus obras, escritas en francés, son un éxito de público y crítica en el extranjero, han ganado premios y se han traducido a dieciséis idiomas, pero nunca a la lengua madre de su autor, el castellano, hasta la publicación de ‘El Niño Pan’, a cargo de Cabaret Voltaire, en 2007.
Con ‘Ana no’, la editorial sigue en su propósito de publicar la obra entera del autor a razón de una novela por año, y tiene pensado presentar esta última en el Instituto de Estudios Almerienses, "probablemente después de Semana Santa", apunta el editor Miguel Lázaro.
Esta primera traducción al castellano de ‘Ana no’ corre a cargo de Adoración Elvira Rodríguez, catedrática del Departamento de Filología Francesa de la Universidad de Granada, que ya tradujo ‘El cordero carnívoro’, la anterior novela publicada por la editorial catalana.
‘Ana no’ es la novela más premiada y traducida del escritor francófono y desde su publicación ha vendido más de 300.000 copias. Se trata de una historia triste y llena de ternura que toca temas muy actuales en una época en que tanto se discute de memoria histórica. Esta obra se aleja mucho de las provocaciones del atrevido ‘El cordero carnívoro’, su segunda novela publicada al castellano tras ‘El Niño Pan’. "‘Ana no’ encierra todo el Amor en una vida de desamparo", declaró su autor en 1977.
Ana encarna un personaje eterno, una mujer dispuesta a todo para volver a encontrar el último hijo que le queda vivo. Su amor la convierte en uno de los personajes femeninos más bellos de la literatura española contemporánea y hace de ‘Ana no’ una novela fundamental de la literatura del exilio español.

2/4/09

Santos Domínguez En un bosque extranjero
Cabaret Voltaire sigue recuperando la obra de Agustín Gómez Arcos y editándola en cuidadas ediciones. Esta semana estará ya en las librerías, con traducción y prefacio de Adoración Elvira Rodríguez, Ana no (1977), una de sus mejores novelas, que tuvo un enorme éxito de ventas con más de trescientos mil ejemplares vendidos en Francia y ha sido adaptada al cine y al teatro y traducida a dieciséis idiomas. Por cierto, para la portada se ha elegido un fotograma de la versión cinematográfica de la novela que dirigió en 1985 Jean Prat.
Está ambientada en la posguerra, como El cordero carnívoro, y protagonizada por Ana no, como se llamaba a sí misma la protagonista, Ana Paucha, una mujer a la que le han robado hasta su identidad y cuya existencia queda marcada por la guerra civil y sus secuelas de muerte, represión, cárceles y miedo. A los 75 años, 30 años después de perder a su marido y a sus dos hijos mayores, pone su casa en orden y emprende una peregrinación a pie desde un pueblo almeriense hasta un presidio del Norte de España en donde cumple condena su hijo menor, Jesús el pequeño.
Tiene una cita con la muerte, que como en la tragedia clásica o en Lorca, es un personaje que habla al fondo de la obra. Un fondo negro que se confunde con el negro de sus ropas de luto y de su rostro sobre el fondo también negro de la noche en la que sale de su casa.A lo largo de un itinerario que sigue las vías del tren, esa amarga travesía, un rito de viaje iniciático y final en busca de su propia identidad y una bajada (o una subida) a los infiernos, es el testimonio de un país destruido por tres años de guerra, una narración que tiene la profundidad insondable del desamparo, la dignidad desgarrada de quien sufre la injusticia, la pobreza y las distintas formas de la humillación.
La figura de Ana Paucha tiene una altura trágica que recuerda a las mujeres del teatro lorquiano y sus raíces telúricas, y una hondura que la convierte en el personaje con más fuerza de todos los que creó Gómez Arcos. Más allá de sus resonancias bíblicas, de sus raíces en la tragedia griega, en el viaje patético de esa anciana hay una afirmación paradójica de la esperanza y en su figura un símbolo de esa vieja madre patria asolada por la destrucción y el cainismo.

28/3/09

José Manuel Benítez Ariza EL CULTURAL
Quizá la gran aportación de Stendhal (Grenoble, 1783-París, 1842) al género autobiográfico fuera la constatación de su carácter problemático. A la autobiografía, nos dice Stendhal, se llega por pereza: antes que indagar trabajosamente en los pormenores de la vida de otro, mejor ahondar en aquella “de la que conozco ya, demasiado bien, todos los incidentes”. Pero esa ilusión de facilidad se desvanece pronto: el yo acaba revelándose como el personaje más difícil de conocer para un escritor. Y el compromiso de verdad ineludible a este propósito se presenta constreñido por toda clase de consideraciones. La solución no parece ser otra que la reducción de la escritura a un acto privado; bien sea en forma de diario íntimo, o en la de libros de recuerdos cuya publicación aplaza hasta diez años después de su muerte, y que deja inconclusos.
Tal es el caso de estos Recuerdos de egotismo en los que se narran hechos que tuvieron lugar entre 1821, año de su partida de Milán, y 1831. Y el de su Vida de Henri Brulard, escrito posteriormente, y centrado en los años de su infancia y primera juventud. A los stendhalianos les emociona el hecho de que estos escritos, aparentemente discontinuos y desordenados, terminen encajando perfectamente entre sí, y acaben conformando una especie de biografía continuada. Pero si la obra biográfica de quien en su vida civil se llamó Henri Beyle es problemática en la forma, más lo es en el contenido. En casi ningún pasaje advertimos esa placidez de contar que caracteriza a los memorialistas ingenuos.
En estas obras, el impaciente Beyle se impone al minucioso Stendhal: a veces, prefiere plasmar su recuerdo de un lugar en un croquis, antes que en una descripción “literaria”; y otras, deja apuntada la necesidad de ampliar determinados pasajes. Tales son las características sobresalientes en Recuerdos de egotismo. Escritura rápida, gobernada por la asociación libre de ideas, más que por la sujeción a un plan. Improvisación y descuido. Y, como resultado, una maravillosa espontaneidad, en la que queda retratada la complejidad contradictoria de la vida y el esfuerzo de captarla y esclarecerla. Stendhal sabía que sólo merece la pena la felicidad que es capaz de sobrevivir a esa despiadada pulsión analítica.Más allá, es preferible el silencio. Lo inacabado de estos Recuerdos y de la Vida de Henri Brulard son los mejores testimonios del rigor con que llevó a cabo su intento.

21/3/09

CABARET VOLTAIRE publica Ana no de Agustín Gómez Arcos
«Ana no, no es una novela pesimista. Es más bien un libro de esperanza. Un libro de rebeldía y de amor, porque uno no se rebela por odio, sino por amor. A mi juicio, es una obra patética y, a la vez, optimista, ya que sin optimismo nadie podría emprender un viaje como el de Ana y llegar al final. Yo diría que "Ana no" encierra todo el Amor en una vida de desamparo.» Agustín Gómez Arcos
Novela fundamental de la literatura del exilio español con la que Gómez Arcos se consagra como escritor francófono. Cosechó numerosos premios, adaptaciones teatrales y fue llevada al cine. Con más de trescientos mil ejempares vendidos en Francia y traducida a más de dieciséis idiomas, se presenta por primera vez en España.
Laura Castro solodelibros
La danza piadosa, novela que Klaus Mann publicó en 1925, es reconocida por ser la primera novela en lengua alemana que trata abiertamente el tema de la homosexualidad. Quedarse en ese dato es sin embargo juzgar superficialmente una obra rica, intensa, moderna, no sólo por sus conceptos, sino también por su forma.
Andreas Magnus es un joven burgués que abandona la seguridad del hogar familiar en busca de emociones intensas en Berlín. Ese tema, que puede considerarse manido, del muchacho que corre a la gran ciudad en busca de aventuras, siempre es sin embargo una excusa válida para ofrecer una mirada fresca y juvenil del devenir de la vida, así como una ocasión para reflexionar, desde la perspectiva de alguien cuyo velo de inocencia empieza a rasgarse, sobre el ser humano, sus miserias y su grandeza.Realmente, Andreas no escapa a Berlín meramente en busca de emociones fuertes. Siendo pintor, un extraño sueño le indica que necesita vivir una experiencia trascendente como único camino para poder crear una obra de valía. Sólo un sufrimiento intenso actuará como catarsis, abriéndole las puertas de esa comprensión profunda del mundo que Andreas sabe que necesita para que sus cuadros estén dotados de fuerza vital.Como ejemplo, Andreas tiene a un afamado pintor amigo de su padre. Éste supo comprender y retratar el espíritu de su generación, lo que le valió el reconocimiento mundial; pero la generación de Andreas es la de aquellos que eran niños en el momento del estallido de la I Guerra Mundial y comprender la esencia de un mundo que ha cambiado por completo es una tarea compleja.
La incertidumbre y la incomprensión de un mundo que ha dado un terrible vuelco, son piezas fundamentales de esta novela. Sus personajes son jóvenes desorientados, que a la necesaria búsqueda de la propia identidad característica de la juventud, unen la búsqueda de la identidad de toda una sociedad. Sobre sus hombros cae la responsabilidad de devolver a su centro un mundo desquiciado, y esa responsabilidad es más de lo que alguno de ellos está dispuesto a asumir.
La ciudad no muestra su mejor cara a Andreas, que la recorre expectante, a la búsqueda de esa experiencia que actúe para él como un golpe de viento que abra una ventana sobre la verdadera esencia del mundo. Reclutado por una extraña joven para el mundo del cabaret, Andreas trata de descubrir una clave en cuantos le rodean: bailarinas, cantantes, chaperos, muchachas huidas de sus casas.Y de pronto la descubre en Niels:
Le parecía como si la tristeza y la inocente y suprema dicha de todas las criaturas se hubiera transformado en ese cuerpo. Y no sabía que «amar» es el reconocimiento del conjunto de la creación en un cuerpo. No sabía que amar una voz significa oír de nuevo todas las melodías y comprenderlas integradas en esa voz. ¡Sí, cuando le fue permitido ver a aquel hombre por primera vez había visto y sentido la hierba y los árboles como si nunca los hubiera visto antes!
La experiencia vital del enamoramiento tiene la fuerza suficiente como para abrir los ojos de Andreas a la realidad maravillosa del mundo. Gracias al sufrimiento causado por el amor, merece esa comprensión de la vida que anhelaba. Y esa comprensión implica reconocer que no es necesario interrogarse constantemente acerca del futuro: todo puede ser y sólo es necesario vivir el presente.
La vida es tan apremiante, lo absorbe a uno de tal forma… Pero, en compensación, es a menudo muy hermosa.

19/3/09

Eva Díaz Pérez EL MUNDO
Duras o la novela de Gibraltar
Gibraltar, más allá de consideraciones histórico-políticas, de fronteras, tratados y geografías insólitas, puede ser un territorio mítico. Su posición entre dos mares incluye su paisaje en el terreno de la leyenda y de la mitología como escenario de las columnas de Hécules.Este Territorio Británico de Ultramar es también el lugar que Marguerite Duras escogió como lugar simbólico de una novela que aún no había sido traducida al castellano, El marinero de Gibraltar (1952) y que ahora ha rescatado la editorial Cabaret Voltaire.
Marguerite Duras (Gia Dinh, Viet-nam, 1914 - París, 1996) decía de su país natal [la Indochina francesa] que era «una patria de aguas», así que tiene cierta lógica que estuviera fascinada por los islarios y lugares acuáticos. De hecho, esta novela es una historia de viajes ultramarinos que tiene en Gibraltar un epicentro simbólico a partir del personaje del marinero procedente de la colonia británica.
El libro, ahora rescatado para el público español gracias a la traducción de Lola Bermúdez Medina, autora también del texto introductorio y profesora de la Universidad de Cádiz, relata la historia de Anna, una joven que recorre el mundo en un lujoso barco. Busca, como en la célebre copla, a un amor perdido, el marinero de Gibraltar, un ex legionario, jugador y buscado por la policía.
Un funcionario del Registro Civil que se encuentra de vacaciones en el mismo barco –llamado también el Gibraltar– conoce en Italia a la joven. Con ella recorre el mundo de puerto en puerto buscando al misterioso marinero desaparecido. El itinerario novelesco pasa de Italia a Francia, de Grancia a África, atravesando el Estrecho de Gibraltar, y de allí rumbo al Caribe.
Gibraltar aparece y desaparece. El personaje de Anna describe el lugar: «Dicen que es uno de los grandes puntos estratégicos del mundo, pero no dicen que es muy bonito. Por un lado, el Mediterráneo y por el otro, el Atlántico. Son dos cosas muy distintas. La costa de África es muy hermosa, una planicie encima del mar. (...) La costa española, por el otro lado, es más suave».
La traductora Lola Bermúdez asegura que El marinero de Gibraltar no es en el sentido tradicional «ni una novela de aventuras, ni de viajes, ni un paseo turístico por los países y continentes recorridos». Las descripciones exotizantes brillan por su ausencia, «sólo hay algunas breves pinceladas para acotar el terreno, cuando no un rechazo deliberado por parte del paseante de hacerse con las ciudades», según Lola Bermúdez.
La descripción de Gibraltar en la justa y hermosa pluma de la autora de El amante o Moderato cantabile es uno de los pasajes más interesantes de la novela: «Pasamos delante de la roca. (...) En casas blancas, construidas sobre dinamita, apretadas en una promiscuidad agobiante pero altamente patriótica, Inglaterra, fiel a sí misma, dormía sobre el suelo ensangrentado de España».
En esta novela de marineros, traficantes y tipos estrafalarios, de barcos, bares y mares, también aparece una sutil descripción de Tarifa. «Entramos en el estrecho. Llegó Tarifa, minúscula, incendiada de sol, coronada de humo. A sus pies inocentes, se tramó el más maravilloso cambio de aguas de la tierra. El viento saltó. Apareció el Atlántico».
Según Lola Bermúdez, responsable también de las traducciones de Monsieur de Bougrelon, de Jean Lorrain, y de Jesús el Palomo, de Francis Carco, asegura que en El marinero de Gibraltar aparece ya el determinante ‘estilo Duras’: «La elipsis, la abstracción, las reiteraciones, la necesidad, cada vez más depurada, de la palabra, palpable en una progresiva e imponente presencia de los diálogos, en los que alternan la voz y los silencios».

15/3/09

TIPOS INFAMES soitu.es
En el nombre del hijo (de Thomas Mann)
Tengo el placer y la satisfacción de presentar a nuestro querido público a un joven encantador de buena familia que, con mucho gusto, les va a deleitar con alguna cosilla picante...
Así, de la misma manera en que entre detonaciones de champán hacía su aparición sobre el escenario de un cabaret Andreas Magnus (protagonista de La danza piadosa), podríamos introducir al escritor del cual queremos hablarles hoy. Y es que aparentemente los Mann podrían considerarse una buena familia. De hecho el joven Klaus creció en un hogar en el que las musas volaban a ras de suelo, por lo que no le supuso mucho esfuerzo atrapar la suya (que debía parecerse mucho a su hermana Erika, su otra mitad) y romper a escribir de manera precoz (aunque 'precoz' es una palabra que se nos antoja estrecha para alguien que ya había escrito más de 60 obras antes de cumplir los 15 años).
Pero las musas no eran las únicas inquilinas de aquella casa encabezada por un padre genial, pero egocéntrico y sexualmente reprimido que censuraba continuamente su escandalosa conducta (morfinómano, exhibicionista, homosexual...) y al que nunca aprobó, ni como hijo ni como escritor. Sí, escribir puede resultar difícil. Más todavía si tu padre se llama Thomas Mann. Klaus siempre iba a ser medido en función de este apellido del que intentaba huir pero que tampoco dudaba en subrayar cuando le interesaba que se le abrieran las puertas de una revista o de una alcoba, o para ser recibido en Hollywood. Sin embargo no es difícil adivinar tras su comportamiento llamativo y lo desmedido de sus ademanes un medio para no ser pasado por alto. Algo que sin embargo ha sido demasiado frecuente...
Anteriormente les decíamos que el joven escritor guardaba innegables similitudes con el protagonista de uno de sus libros. Y lo hacíamos porque también él abandonaría la casa paterna para instalarse en el Berlín de los años veinte, en donde probaría suerte en uno de aquellos cabarets que proliferaron durante la efímera república de Weimar. Ese ambiente burbujeante de jovenes chaperos y marineros maquillados es el que domina 'La danza piadosa' (otra joya de Cabaret Voltaire), un retrato de la disolución de toda una época y el desencanto de toda una generación. Esa atmósfera, entre decadente y sofisticada, es la que encontramos en 'Encuentro en el infinito', otra obra clave para comprender aquellos tiempos y que nos regalan nuevamente los amigos de la editorial El Nadir, admiradores confesos del joven Mann.
Sus novelas son provocadoras, escandalosas para la época, 'degeneradas' si aplicamos la terminología nacionalsocialista. Una retórica de la sangre y de la raza que pronto iba a volverse insoportable para Klaus Mann quien abandona el país en 1933 para instalarse en París, donde nunca le faltaron amigos como Jean Cocteau, André Gide o René Crevel, al que tanto amó y admiró. Desde el exilio el escritor denunciaría incansablemente los abusos del nazismo desde revistas y publicaciones como 'Die Sammlung', altavoz de los intelectuales antifascistas y en la que participarían la mayoría de los nombres claves de aquella diáspora del pensamiento europeo. Pero si hasta ese momento Klaus había destacado como un 'enfant terrible' de las letras ahora se nos muestra como un brillante y lúcido articulista. Quien quiera acercarse a esta faceta del escritor puede hacerlo asomándose a la recopilación de sus textos agrupados en 'El condenado a vivir' (El Nadir), en donde están presentes todas sus obsesiones: la literatura, la política, la muerte... Esta actitud es la que le llevaría hasta España (¿nadie va a editar sus artículos como corresponsal en la guerra civil? De verdad, con la cantidad de basura que llega a las librerías sobre el tema es algo que no se entiende...) o a incorporarse en el ejército americano en plena contienda.
Pero el exilio también serviría a Klaus para encontrar su propia voz, abandonando su anterior posición esteticista en favor de un mayor compromiso. Es en esos años cuando realiza las que son consideradas sus mejores obras. Algunas de ellas como 'Mephisto' (Debolsillo) o 'El volcán' (Edhasa) figuran entre los libros más luminosos de aquellos oscuros años previos a la conflagración mundial. Con todo lo que le tocó vivir no es extraño que ya en 1942 escribiera una primera versión de sus memorias ('Cambio de rumbo', Alba). Por ellas vemos desfilar los personajes claves de una vida cosmopolita y agitada por las diferentes pulsiones de la modernidad: los Mann, Stefan Zweig, Annemarie Schwarzenbach (de la que prometemos hablarles en otra ocasión), Richard Strauss... de hecho la entrevista que Klaus Mann realizó a éste último (director de la orquesta de cámara del Reich) tras la Segunda Guerra Mundial sirve de punto de partida a Blas Parra para levantar su artefacto narrativo: 'El artista humillado' (El Nadir), una obra original y llena de interrogantes sobre un pasado que no termina por abandonarnos y que desde aquí les recomendamos.
Desilusionado y roto, el 21 de mayo de 1949 el escritor se encerraba en una habitación de Cannes decidido a seguir los pasos de sus amigos. Crevel, Toller, Zweig... la intensa vida de Klaus Mann había estado pavimentada de suicidios y pulsión de muerte. Su obra puede ser leída como una marcha ineludible y trágica hacia ese destino al que se ofreció con un ímpetu que acabaría por partirle el pecho.

14/3/09

Revista Leer
Gide inédito ilustrado por Fumanal
La pequeña y selecta editorial barcelonesa Cabaret Voltaire -marca-homenaje al templo dadá fundado en Zurich por Hugo Ball en 1916-, en su breve - ha editado 11 títulos- pero sustanciosa labor de rescate de joyas li­terarias, ha publicado re­cientemente Ferdinand. La paloma torcaz, un brevísimo relato de André Gide fecha­do en 1907 e inédito hasta que su hija Catherine lo des­cubrió entre los papeles de su padre y lo dio a imprenta en Francia en 2002. La na­rración evidentemente autobiográfica del encuentro sexual y sensual con un adolescente hermoso e inocente, viene comple­mentada con un texto de la traductora para esta edi­ción, Lydia Vázquez Jiménez, un prefacio de Catherine Gide y el crítico Jean-Claude Perrier, un postfacio del ca­tedrático de la Universidad de Sheffield y estudioso de Gide David H. Walker y so­bre todo con los dibujos de Ricardo Fumanal, artista bien conocido por los lectores de LEER gracias a las bellas ilus­traciones que desde hace al­gún tiempo viene realizando para la portada de nuestra Revista.

26/2/09

Luis Antonio de Villena EL MUNDO
Klaus Mann, aquel Berlín
Erika y Klaus Mann fueron los dos hijos mayores del gran sacripante de las letras alemanas, el glorioso y eximio escritor Thomas Mann. Tanto Erika como Klaus (1906-1949), que apenas se llevaban un año entre sí, fueron hijos rebeldes -llamaban a su pa­dre «El Mago»- y gente atrevida y divertida, aunque con su veta trágica, que opusieron a la solemne seriedad paterna sus ganas de vivir desesperadamente en aquel mundo convulso. Los solían llamar «los gemelos Mann».
Si vemos sus fotos juveniles, Klaus parece un muchacho algo displicente, claramente moderno y atractivo. Si nuestra mirada es un poquito inquisidora, incluso podemos hallar en la imagen rasgos de esa ambigüedad tan de moda en los años 20 que un Isherwood -buscador de chicos fáciles- regaló a la céle­bre película Cabaret. La editorial barcelone­sa Cabaret Voltaire acaba de publicar La danza piadosa, que fue la primera novela de Klaus, editada cuando apenas había cumpli­do los 20 años. No cabe, pues, que esperemos un trabajo redondo, pero sí una novela muy testimonial de su tiempo, hecho con cui­dado, esmero y diría que, sobre todo, pasión; es decir, una novela notable que en nada des­merece a la producción de un autor menos perfecto pero, a ratos, más fascinante que su mágico padre.
La danza piadosa es la historia de un jo­ven pintor en crisis (Andreas Magnus, claro alter ego de Klaus) que decide marcharse de la casa paterna y llevar una vida bohemia y libre en el muy decadente Berlín de la Re­pública de Weimar, donde trabajará en un cabaré, vivirá una golfemia dorada y pobre y se enamorará de un chico guapo, libre y un tanto casquivano, Niels, acostumbrado a que le mimen señorones y señoronas y le quieran. Homosexualidad y lesbianismo se dejan ver sin tapujos, como ocurría en la Alemania de la época, pero no sólo. Como casi todos creen que viven un mundo agóni­co, un mundo que se está desmoronando, abundan los aristócratas arruinados o fal­sos, las mujeres maquilladas hasta la exte­nuación, el opio, la cocaína (más cocaína), los ligues estrafalarios, la excentricidad co­mo manera de ser y de comportarse y el lla­mado vicio como una natural manera de es­tar en el mundo... El cabaré que frecuentan y donde trabajan algunos de estos persona­jes, ardidos de presente, se llama Die Pfütze, que en alemán quiere decir «el charco». No es mal nombre, ya que aguas turbias hay donde se pescan esmeraldas.La novela se cierra con el deseo de An­dreas (desengañado de Niels) de conocer mundo, de viajar al sur, de formarse viviendo, pero siempre apasionadamente. Sin duda, lo más atractivo del libro es el reflejo y la suave elucidación de ese ambiente de fin de raza que debió de ser aquel Berlín pobre y permi­sivo, donde uno sospecha que Erika y Klaus Mann fueron muy felices. Sí, luego llegaron tiempos terribles, Klaus se exilió, sirvió du­rante la II Guerra Mundial en el ejército nor­teamericano y dejó un puñado de obras, siempre atractivas, entre la que destaca la ex­celente novela Mephisto (1936) y unas me­morias sugerentes, Cambio de rumbo (1942). Luego volvió a Europa (la triste Europa de posguerra) y, aunque se quedó a vivir en la Costa Azul, con apenas 43 años se quitó la vi­da. Su augusto padre vivía aún, y mantuvo serenísimo la compostura. Klaus no era un clásico, sino un moderno y por ello no pensó en la pose final. Perdida la fiesta (y el horror) cumplía echar el telón y lo hizo. ¿Cobarde, como dicen los curas? No, valentísimo.

22/2/09

CABARET VOLTAIRE publica La danza piadosa de Klaus Mann (traducción de María Luz Blanco Camblor)
La danza piadosa, publicada en 1926, cuando Klaus Mann tenía sólo diecinueve años, sondea el malestar de la juventud intelectual alemana tras la derrota de 1918 y el advenimiento de la República de Weimar. Andreas, joven pintor, frecuenta el Berlín decadente de los años veinte poblado de artistas, de night clubs equívocos, de desenfrenos. Tras su publicación fue calificada de escandalosa por la crítica y convirtió a su autor en el enfant terrible de la época.
«Mi héroe y doble, el piadoso bailarín, Andreas Magnus, es un muchacho bien educado, de familia patricia, pero alejado de todas las tradiciones burguesas. A un tiempo hastiado y emprendedor, juega con la idea de suicidarse, pero pronto cambia de intención y escapa hacia Berlín. Allí traba amistad con toda clase de bohemios, prostitutas de buen corazón, simpáticos desechos. Durante un breve tiempo se gana la vida recitando poesías, vestido como un marinero, en un cabaret llamado Die Pfütze. Entonces, conoce a Niels y las cosas se vuelven aún más desordenadas. Niels es ostentoso y divinamente despreocupado. El piadoso bailarín lo adora. Abandona su trabajo y sigue a Niels de ciudad en ciudad, en locos zigzagueos, hasta París.» Klaus Mann
Klaus Mann nace en Múnich en 1906, hijo de Thomas Mann y Katia Pringsheim, comenzó su carrera literaria como crítico teatral en Berlín. En 1926 publica sus primeras obras. En 1933, con la llegada de Hitler al poder, abandona su país y comienza su lucha contra el nazismo, convirtiéndose en uno de los máximos representantes de la literatura alemana del exilio. Se instala en los Estados Unidos en 1936 y toma la nacionalidad americana en 1943. Víctima de la droga, depresivo, no encontrará su lugar en la Europa de la postguerra. El 21 de mayo de 1949 Klaus Mann muere en Cannes como consecuencia de una sobredosis de somníferos. Es autor, entre otras obras, de las novelas Mephisto (1936) y El volcán (1939).
Diego Medrano EL COMERCIO / LA VOZ DE AVILÉS
Premio Stendhal 2008: “¿Estáis locos?” Premio de Traducción Stendhal 2008 a una obra maldita de René Crevel por primera vez en castellano: “¿Estáis locos?” (Cabaret Voltaire). El propio Crevel en la portada: cabeza ladeada, ojeras de murciélago, labios pintados, corbata negra, trágico, bufón. “¿Estáis locos?” es muchas cosas: el desorden revelador de los surrealistas, la enfermedad como hilo conductor de la obra, el collage como escudo y voz narradora, la perdición de la piltrafa, una bohemia de “sanatorio rascacielos” y “balcón celdilla”, la soledad como tortura, la fuga como segunda vida. Todo en Crevel es maravilloso: bisexual, alcohólico, drogadicto, loco, adorador de la enfermedad y siempre en su misma rabia. Lo que de él dijo o escribió Jean Michel Devésa: “La literatura, para Crevel, es una máquina de escribir la vida; una máquina para triturar los textos, para amasar palabras e impresiones, para restituir en las obras la pátina temblorosa del mundo”. Algo muy surrealista y muy drástico o voraz: la sinceridad en literatura. René Crevel, quien se divertía durante horas, sentado en una silla, con el cadáver de su padre colgado de una viga, con el suicidio de su padre que a él sólo reportaba carcajadas al ser descubierto; teórico de la dinámica de la ensoñación hasta el delirio, seductor de Man Ray y Gertrude Stein, amante durante unos meses de Klaus Mann (hijo díscolo de Thomas Mann). El Crevel toxicómano, politoxicómano, drogota, yonqui, tuberculoso renal, siempre pensando en quitarse la vida con la manecilla del gas. Lo que del propio autor dijo André Breton: “Sin él, le hubiera faltado al surrealismo una de sus más hermosas volutas”. Voluta de humo, cara de humo ladeada en la portada de su novela, casi mimo o héroe delgado y frágil de sí mismo. Deambula por París muy enfermo, escupe sangre, ambos pulmones tocados, afectados, mientras arrastra sus libretas como lastre, mientras la escritura, oh, es una tercera o cuarta enfermedad en el bolsillo, desazonado por haber defraudado la estética psicoanalítica: “Es que nunca me apeteció acostarme con mi madre”. Lector de Ibsen, teórico de la música –muy presente en esta novela-, bohemio de Berlín y París, pánico alado frente al espejo, franca oralidad de violín de otoño. Casi azabache u oro.

8/2/09

Laura Castro solodelibros
En estos sus “Recuerdos de egotismo”, Stendhal hace un repaso del tramo de su vida comprendido entre 1821 y 1830 y, aunque con la clara conciencia de que esas páginas que escribe serán leídas por ojos ajenos, no dejan de suponer un ejercicio íntimo de búsqueda personal; un balance privado de los años pasados que parece brotar precisamente del diálogo entablado con el lector.
Stendhal regresó a París en 1821 después de una larga estancia en Milán. Dado su aborrecimiento por la capital francesa y las cuitas de amor que llevó consigo desde Italia, su vuelta a Francia estuvo marcada por un estado de ánimo atribulado. Los recuerdos de un amor no correspondido y la falta de afecto por sus compatriotas, marcan el recuerdo de sus primeros años de regreso en París.
Estos recuerdos, escritos a veinte páginas por sesión, como si fueran cartas, lo que desvela cierto interés del autor por desmenuzar de manera consciente sus impresiones pasadas; estos recuerdos, se caracterizan sin embargo por su vaguedad. Sumido en un estado que el propio autor califica como tumultuoso, la impronta de esos días se le presenta, y así se plasma en las páginas del libro, de una manera confusa y nebulosa. A menudo confuso sobre las fechas o los protagonistas de los hechos que narra, Stendhal reconoce que su ánimo de entonces era tal que las cosas parecían resbalar sobre su conciencia, pasándole inadvertidas o siendo despreciadas a propósito.
Volviendo la vista atrás, el autor examina, aunque sin demasiado detenimiento, la vida que llevaba entonces. Al inicio del libro se plantea:
¿He extraído todo el partido posible para mi felicidad de las situaciones que el azar durante los nueve años que acabo de pasar en París? ¿Soy un tipo sensato? ¿Poseo un auténtico sentido común?
Mientras que las dos últimas preguntas quedan en el aire (es difícil responderse uno mismo a esas cuestiones), la primera sí recibe contestación a lo largo del libro. Y es que el autor reflexiona sin cesar acerca de las múltiples ocasiones que se le presentaron en esos años de olvidar ese amor no correspondido que laceraba su alma. Insensato, reconoce haberse aferrado a él, ocultando celosamente ese sentimiento a los ojos ajenos; en parte, para mejor saborearlo, en parte, avergonzado de lo pueril de su actitud.
Varias veces a lo largo de estos “Recuerdos de egotismo” reconoce el autor que, a pesar de rondar los cuarenta años en aquella época, sentimentalmente no tenía más de veinte. Entregado con juvenil pasión al recuerdo de esa pasión desafortunada, desprecio la ocasión de amar a mujeres en las que, años después y desde una perspectiva que reconoce más madura, reconoce que hubiera podido hallar la felicidad.Pero, de igual manera reconoce que, en aquellos años de su retorno a París, carecía del ingenio que más adelante desarrollaría y que, a lo que parece, le confirió una nueva confianza en sí mismo. Por entonces, herido en lo sentimental e inseguro de sí, rehuía o descuidaba el contacto de quienes podrían haberle ayudado.
Al haber sido estos recuerdos escritos al correr de la pluma, sin posteriores correcciones (como el propio autor declara), respiran un estilo desenfadado, cercano y sincero que muestra a uno de los grandes autores de la literatura universal en su faceta más humana. Una invitación para conocer al hombre, más allá de su obra.

22/12/08

Josep Massot La Vanguardia
La belleza inasible Publicada una novela de Duras inencontrable en castellano.
Una atractiva viuda millonariada sigue el rastro de un amor fugitivo de puerto en puerto y arras­tra en esta búsqueda quimérica a un hombre que ha conocido en Italia. Se trata de un viaje mítico: busca la pasión, la belleza, encar­nada en un inasible ex legionario, jugador temible y prófugo. Es el argumento de El marinero de Gibrahar, una de las escasas nove­las de Marguerite Duras que per­manecían inencontrables en cas­tellano y que acaba de editar Ca­baret Voltaire. La novela estaba publicada en catalán (Edicions 62), un semillero del que beben los editores castellanos, como ya sucedió con Botxan, editada por Proa en 1999 y que no fue Premi Llibreter hasta que lo publicó Im­pedimenta en el 2008.
La trama de El marinero de Gibraltar era fácil tentación para un cineasta y la llevó al cine Tony Richardson, con guión escrito por la propia Duras y por Cristopher Isherwood, el esteta escritor inglés amor de la obra que dio origen al filme Cabaret. El repar­to fue de lujo: Jeanne Moreau y Vanessa Redgrave, con un papel para Orson Welles (escéptico: di­ce que el marinero no existe más que como delirio). En la obra, escrita entre Un di­que contra el Pacífico y Caballitos de Tarquinia, están los temas re­currentes de Duras, "la ausencia, la separación, la atmósfera lángui­da de suposiciones y silencios, el alcohol", dicen los editores: Mi­guel Lázaro y José Miguel Poma­res, arquitecto que trabaja con Jean Nouvel.
Cabaret Voltaire es una peque­ña editorial barcelonesa que está editando con un gusto literario exquisito y un diseño de una modernidad elegante y austera. Em­pezó con la reedición de Thomas el impostor de Cocteau, y poco a poco se ha ido animando con obras más desconocidas en Espa­ña, como ¡La libertad o el amor!, o ¿Estáis locos?, de Rene Crevel, una obra clave del surrealismo francés, cuya versión, a cargo de Adoración Elvira Rodríguez, me­reció el premio Stendhal a la me­jor traducción del francés.También tiene un Zola (París),un relato de André Gide (Ferdinand), un Francis Carco (Jesús, el Palomo) y se atrevió a reeditar Re­cuerdo de egotismo, de Stendhal, en una nueva traducción.
Hasta el momento, el único es­critor español publicado es Agus­tín Gómez Arcos, el dramaturgo almériense que se exilió primero a Londres en 1966 y después a Pa­rís en 1968. huyendo de la censu­ra franquista. Miguel Lázaro dice que fue premiado "dos veces con el Lope de Vega y desposeído des­pués del galardón". Gómez Arcos escribió en fran­cés y fue varias veces finalista del premio Goncourt. Es autor de li­bros como L'agneau carnivore (El cordero carnívoro) y Ana non (Ana no).

17/12/08

Santos Domínguez ENCUENTROS DE LECTURAS
Publicada en 1952 en Francia por Gallimard, El marinero de Gibraltar es una novela de viajes marítimos y de búsquedas de lo inalcanzable. Entre ausencias y silencios, la prosa de la mejor Duras plantea un extraño triángulo con el amor imposible de un marinero de Gibraltar al fondo. En Italia, Francia, África o el Caribe están los puertos de la utopía de la belleza y el deseo, las tabernas y la geografía marítima del alcohol, la fragilidad del amor, los laberintos de la palabra y el color del mar. Es la cuarta novela de Marguerite Duras y la última importante que aún permanecía inédita en castellano. La publica Cabaret Voltaire en una esmerada edición, espléndidamente traducida por Lola Bermúdez, que ha captado y puesto en castellano la sutileza del tono narrativo de la autora en un viaje que mira más hacia dentro y hacia la profundidad del mar que al exterior. Una novela imprescindible para los lectores de la Duras y de la buena literatura.

29/11/08

Manuel Vicent Babelia El Pais
André Gide: la profundidad de la piel
Un camino le llevaba siempre a los placeres oscuros; otro le devolvía a la honestidad y al compromiso, pero el puritanismo siempre acababa por pedirle cuentas al final del viaje al fondo de los sentidos. En este combate está la esencia de su literatura.
Nació en París, en 1869. El primer recuerdo de André Gide es el de una mesa de comedor cubierta con un tapete que llegaba hasta el suelo. Con el hijo de la portera, de su misma edad, que iba todos los días a buscarle, se deslizaba entre aquellas faldas y ambos agitaban ruidosamente unos juguetes para ocultar otros juegos, que según supo después eran malas costumbres. Tenía entonces cinco años y fue su primer simulacro. Era un niño mimado, muy huraño, hijo único de un renombrado profesor de Derecho, que murió cuando André tenía 11 años. A esa edad quedó bajo la obsesiva protección de su adinerada madre, Juliette Rondeaux, que, pese a todo, lo educó en una elegante austeridad, con una forma de querer hostigante, puesto que hasta el final de sus días rodeó al escritor de mimos y de consejos ininterrumpidos acerca de actos, pensamientos, gastos, lecturas y paños como si no hubiera crecido.
La niñera lo llevaba a los jardines de Luxemburgo, muy cerca de su casa de la calle Médicis. Allí se negaba a jugar con otros niños. En un momento de descuido se lanzaba sobre ellos y a patadas destruía los pasteles de arena que con ayuda de cubos habían construido. Gide tenía sus propias bolitas de cristal, algunas de ágata negra, que trataba de que no se mezclaran con otras más vulgares. En su habitación, a solas con un ficticio amigo Pierre, creado por su imaginación, se entretenía con un caleidoscopio, que en el otro extremo de la lente le ofrecía un rosetón siempre cambiante. Poco después comenzó a recibir clases particulares de piano, lecciones de esgrima dos veces a la semana y a menudo sesiones de equitación en el picadero. Estudió en la Escuela Alsaciana de la que fue expulsado. La institutriz británica Anna Schackleton le impuso un rigor puritano, valor muy apreciado por la alta burguesía cuando le sirve para ocultar cierta clase de vicios.
La familia del padre procedía de Ezés, del cantón de Nimes, en el soleado Rosellón. La familia de la madre provenía de Ruán, capital de la húmeda Normandía. La rama paterna era católica y la materna protestante. André Gide creció viajando en vacaciones hacia las casas solariegas del Mediodía y del norte de Francia. En una había higueras, olivos y laureles; en otra crecían manzanos, había caballos, florecían las rosas y habitaban unas primas muy bellas. Una de ellas, Madeleine, fue su amor de adolescencia con la que acabaría casándose a los 26 años, forzado por la madre autoritaria que trataba de apartarle así de la turbiedad ambigua a la que le empujaba la carne.
Desde la adolescencia la cabeza del escritor quedó dividida: por un lado la moral estricta y por otro el hedonismo. Un camino le llevaba siempre a los placeres oscuros; otro le devolvía a la honestidad personal y al compromiso con los demás desde la altura de la estética, pero el puritanismo siempre acababa por pedirle cuentas a la conciencia al final del viaje al fondo de los sentidos. Este combate constituye la esencia de la literatura de André Gide. La máxima profundidad del ser humano está en la piel, en la belleza de los cuerpos jóvenes, en el nudo de los sentidos que componen el alma. Con buenos sentimientos siempre se hace mala literatura. La belleza no debe tenerse ante cualquier límite. Tiempo habrá luego para arrepentirse y azotarse en público, sin dejar de hacer de este ejercicio un ejemplo de estilo. A los 24 años, después del primer libro escrito en prosa poética, Los Cuadernos de André Walter, se premió a sí mismo con la primera fuga hacia el sur en busca del sol, del exotismo y de un modo natural de curarse un principio de tuberculosis. En compañía de su amigo Paul Laurens se embarcó en Tolón rumbo a Túnez y desde allí al oasis argelino de Biskra donde conoció a Oscar Wilde, que andaba por allí metido en peleas tormentosas con el amante Alfred Douglas, el bello lord que finalmente lo llevaría al infierno de la cárcel de Reading. El joven Gide fue conducido de la mano de Wilde a secretos cafés para iniciados. Mientras fumaban una pipa de kif entre unos árabes sentados en cuclillas y tomaban té de jengibre, en la primera noche, un adolescente de ébano, llamado Alí, semidesnudo tocaba la flauta en la penumbra y ellos lo contemplaban con la mente embotada. "¿Te gusta el musiquillo? Tómalo. La única forma de vencer la tentación es caer en ella", le dijo Wilde, una frase que después se haría famosa. En las memorias de Gide esta sensación corporal fue inseparable de los placeres que también compartía con niñas adolescentes que desde el desierto subían a ofrecerse a los hombres en el zoco del oasis. André Gide se hizo traer un piano desde Argel. Sus notas atravesaban el jardín y se perdían en la suma ebriedad de la carne ahogada en las flores. De regreso a París, el sur ya nunca dejaría de ser su horizonte. Frecuentaba a los simbolistas del salón de Mallarmé. Por la mañana tenis, al mediodía baños y de noche ajedrez. De pronto le visitó el éxito cuando publicó Los alimentos terrenales, ensalzado por la crítica, un canto fervoroso del instinto como método de superar la moral. El mismo combate continuó con la publicación de El inmoralista, en 1902, y después con Prometeo mal encadenado, donde los remordimientos que le proporcionaba la libertad alcanzan las cotas más altas del arte. Llevaba una vida respetable, llena de escrúpulos sociales por fuera y muy libre por dentro. En 1908 André Gide participó en la fundación de la Nouvelle Revue Française y se convirtió en el alma de la editorial Gallimard. Comenzó a ser considerado maestro, un punto de referencia de la cultura francesa entre Mauriac, Camus, Malraux, Proust y Paul Valéry, no sin andar siempre orillando el escándalo.
En 1925, comisionado por el Gobierno francés en una expedición al Congo redactó un informe demoledor contra el método colonialista. En 1936 viajó a la URSS y de regreso dejó de jugar a ser comunista y escribió un libro de denuncia contra el estalinismo, por el cual fue condenado a las tinieblas por el Partido. No le importó absolutamente nada. Gide era un radical de sí mismo frente a cualquier barrera política y moral. Su larga travesía interior está en su Diario, llevado como un psicoanálisis ético y literario desde 1889 a 1949. Mientras escribía con una prosa semejante a una sonata onírica Corydon, en defensa de la homosexualidad, tuvo una hija, Catherine, de su relación extramatrimonial con María van Rysselberghe. Luego sus libros ardieron en una plaza de Berlín, junto con los de Thomas Mann, Proust, Einstein y Freud cuando los nazis establecieron el dilema cultural entre la sumisión o el exterminio. Por su parte, durante la invasión alemana Gide trató de convertir la sumisión en sabiduría. Abandonó París, buscó de nuevo el soleado Mediodía y terminó en Argel, en Fez, en Túnez, en Siracusa. De lejos oía las bombas mientras leía a Goethe para curarse de la humillación ante la derrota de todos los ideales. Liberado París siguió tocando el piano, recibiendo a los amigos, leyendo en un sillón de orejas con una manta de cachemir sobre las rodillas, que sólo por estética nunca llegaron a doblarse ante nadie. Hasta que en 1947 recibió el Premio Nobel. Murió en 1951, a los 82 años.
J.L.Tapia Ideal La granadina Adoración Elvira Rodríguez obtiene el premio Stendhal de Traducción La profesora granadina Adoración Elvira Rodríguez ha obtenido el Premio Stendhal de Traducción por su trabajo en la novela '¿Estáis locos?' (Ed. Cabaret Voltaire), del surrealista francés René Crevel. El jurado valoró «el rigor de esta traducción que se combina, cosa difícil, con la valentía y creatividad de sus decisiones, encontrando el tono adecuado para reproducir, tanto la oralidad de ciertos pasajes como el ritmo del texto de Crevel». El jurado estuvo formado por los traductores Julio Baquero, Maika Embarek, Alicia Martorell, Nuria Petit y Miguel Veyrat, galardonado en la convocatoria anterior. Adoración Elvira indicó que este galardón era «todo un honor y es muy importante porque es un premio a nivel nacional». Profesora de Lengua Francesa en la Facultad de Traductores e Intérpretes de la Universidad de Granada, lo que más le ha entusiasmado de este premio ha sido la traducción de esta novela, «porque es la primera vez que aparece en español una obra del autor surrealista René Crevel, coetáneo de André Bretón». Adoración Elvira indicó que «ha sido muy dura la traducción de esta obra y lo que más me costó fue trasladar el humor de esta novela, un humor negro, que es muy difícil de traducir sin que pierda el sentido original». René Crevel escribió '¿Estáis locos?' en el año 1928, «y para mí ha sido todo un honor hacer posible que ochenta años después esta obra literaria ya esté en español».
La novela, según comentó la especialista galardonada, «tiene muchos capítulos muy subidos de tono y está trufada de escenas de sexo muy del surrealismo francés». La granadina insistió en la importancia del trabajo del traductor, «que está muy vinculado con el trabajo literario y es consecuencia de la misma literatura». No obstante, reconoció que «no se puede vivir de la traducción literaria». Adoración Elvira comentó que la traducción literaria «no la hago por lo que gano sino por el placer de dar a los demás un producto que he hecho con mucho cariño, porque la traducción literaria es un arte, que no está bien pagado, pero que es muy gratificante». Reconoció que «lo que verdaderamente vale es la obra del autor, de ahí que tengamos que ser fieles los traductores al texto original. La traductora granadina informó que próximamente aparecerán otros de sus trabajos publicados. Se trata de una nueva novela del autor francés de origen almeriense Agustín Gómez Arcos, «del que ya apareció publicada en español la obra 'El cordero carnívoro'».
El Premio Stendhal de traducción de 2008 ha sido concedido a Adoración Elvira Rodríguez por su versión del libro de René Crevel ¿Estáis locos?,editado en castellano por Cabaret Voltaire. El jurado valoró para tomar su decisión el rigor de esta traducción que se combina, cosa difícil, con la valentía y creatividad de sus decisiones, encontrando el tono adecuado para reproducir, tanto la oralidad de ciertos pasajes (sin caer por ello en casticismos) como el ritmo del texto de Crevel.
[más información http://www.acett.org/ ]

16/11/08

CABARET VOLTAIRE publica El marinero de Gibraltar de Marguerite Duras. Durante unas vacaciones en Italia, un hombre, que ha decidido cambiar su vida, conoce a una rica y misteriosa joven americana que recorre el mundo en un lujoso barco en busca de un amor perdido, el marinero de Gibraltar; ex legionario, jugador impenitente, buscado por la policía. Juntos, de puerto en puerto, continuarán la búsqueda del marinero desaparecido, objeto de pasión, símbolo de belleza. Pero un amor imprevisto nace entre ellos. Si encuentran al marinero de Gibraltar, será el fin de este amor. Extraña contradicción. De Sète a Tánger, de Tánger a Abidján, y de Abidján a Léopoldville, su búsqueda prosigue.
En El marinero de Gibraltar, escrita en 1952, encontramos los principales temas de preocupación de Marguerite Duras: la búsqueda imposible del amor perdido, la separación, la ausencia… Un estilo muy particular y una atmósfera lánguida, de suposiciones, de silencios. Una obra muy bella traducida por primera vez al castellano. Imprescindible para los amantes de la literatura de Duras.

15/11/08

Eva Díaz Pérez EL MUNDO Los cuadernos parisinos de Stendhal. Cabaret Voltaire rescata ‘Recuerdos de egotismo’, los escritos autobiográficos que recrean el París de la Restauración. Pasear con Stendhal por los salones del París de la Res­tauración, conocer a personajes que sólo podríamos encontrar ya en las hermosas tumbas de piedra y niebla del Perè Lachaise, disfru­tar con su mirada escrutadora y a veces cruel, descubrir las atmósfe­ras de sus novelas. Recuerdos de egotismo, es la obra rescatada aho­ra por la editorial Cabaret Voltaire en su tarea de recuperar joyas de la literatura francesa –sobre todo del fin de siècle y entreguerras– inédi­tas, poco conocidas o mal distribui­das en España. En esta ocasión, se trata de una de las piezas de la literatura auto­biográfica de Henri-Marie Beyle –nom de plume, Stendhal– com­puesta por su Diario, La Vida de Henry Brulard, la corresponden­cia, sus notas necrológicas o su marginalia. Stendhal (Grenoble, 1783-Pa-rís, 1842) inició su proyecto auto­biográfico ya en abril de 1801 a los 18 años cuando «ostentaba los galones del 6º regimiento de dragones del ejército napoleóni­co con su Diario», apunta en la in­troducción Juan Bravo Castillo, responsable de la traducción. Este «coloquio consigo mis­mo» cobra fuerza, sobre todo, a partir de los cincuenta años, cuando el desencanto le lleva a mirar atrás: «Voy a cumplir cin­cuenta años, y va siendo hora de conocerme», anota el autor de La Cartuja de Parma o Rojo y Negro. Stendhal escribió Recuerdos de egotismo en quince días, des­de el 20 de junio al 4 de julio del año 1832 cuando era cónsul de Francia en Civitacecchia –«por ocupar mis ocios en esta tierra extranjera»– y resume los años que van de 1821 a 1830. Alojado en París en la Rue de Richelieu en el Hôtel de Bruxe-lles, número 47, asistimos a las idas y venidas de Stendhal en los salones parisinos y en los cafés del Rouen al Lemblin –el café li­beral situado en el Palais-Royal–, a sus paseos los domingos «bajo los grandes castaños de indias de las Tullerías» a los recorridos so­litarios por Montmartre y el Bois de Boulogne. Gracias a las oportunas notas a pie de página de Juan Bravo Cas­tillo podemos movernos por ese París de la Restauración –tam-bién aparece el viaje a Londres– siendo incluso posible la aventu­ra de seguir los lugares stendha-lianos apuntados en estos Re­cuerdos de egotismo. Por ejem­plo, descubriendo que la mansión de monsieur de Tracy –par de Francia y miembro de la Acade-mia– estaba en la Rue de Tracy, cerca de la Rue Saint-Martin, «que aún existe hoy día, entre el Boulevard de Sébastopol y la Rue Saint-Denis». O incluso sonreír al pensar que en la Rue du Cadran, esquina a la Rue Montmartre, en el cuarto pi­so de un edificio que quizás hoy no exista, Stendhal vivió un cu­rioso episodio de vida galante y que él mismo confiesa en estas memorias parisinas. Y comienza haciendo una ad­vertencia a modo de ‘defensa’ por el desenlace del capítulo. «El amor hizo nacer en mí, en 1821, una virtud muy cómica: la casti­dad». Sus amigos le organizan una «deliciosa velada de jóvenes de vida alegre» en un «salón en­cantador, champagne helado y ponche caliente». Stendhal termina en la habitación de Alexandrine, «tendida en un lecho, casi en el traje y exacta­mente en la postura de la duque­sa de Urbino, de Tiziano». Sin embargo, la escena concluye de forma inesperada. «Aquello fue un ‘fiasco’ completo. Recurrí a una compensación, y ella se pres­tó. No sabiendo qué hacer, inten­té volver al mismo juego de ma­no, que ella rehusó. Pareció sor­prendida. Le dije algunas pala­bras bastante bonitas para mi posición, y salí». El ‘pobre’ Stendhal admite que desde ese momento pasó ante sus amigos por babillan, en referen­cia al genovés Babilano Pallavici-no «que en el siglo XVII tuvo que separarse de su esposa a raíz del proceso en que ésta le acusaba de impotencia», según comenta en su apartado de notas Juan Bravo Castillo.Otro de los aspectos curiosos de estos escritos autobiográficos es la aparición de croquis, como el que aparece de la mansión de monsieur Tracy, que desvelan el escaso gusto de Stendhal por las descripciones: «He olvidado pin­tar este salón. Sir Walter Scott y sus imitadores hubieran comen­zado por ahí, pero yo aborrezco la descripción material».
Eva Díaz Pérez EL MUNDO En el cementerio de Montmartre está la tumba de un español. De uno más. Quizás alguien pondrá hoy un ramo de flores en su lápi­da porque exactamente hace diez años moría en París el anda­luz Agustín Gómez Arcos, «el más español de los escritores franceses», como lo definió Luis Antonio de Villena en el obitua­rio que escribió cuando desapa­reció el que llaman el último exi­liado. Siempre he pensado que para conocer de verdad la historia de este país había que buscar en las páginas en blanco de sus ma­nuales, en los márgenes de las crónicas oficiales. Y Gómez Ar­cos forma parte de esa galería de invisibles, de fantasmas, de personajes de la periferia sin los que es imposible comprender la historia literaria de este país. En los últimos años, la edito­rial Cabaret Voltaire está recuperando los libros de Gómez Arcos inconce­biblemente inéditos en español, porque el es­critor almeriense deci­dió rebelarse contra la España de Franco re­nunciando a la lengua. Al mar­charse a París en 1968 –eligiendo así el autodestierro y convir­tiéndose en el último exiliado–, trabaja como contable, cocine­ro, friegaplatos, para ganarse la vida y aprender la lengua. Du­rante diez años no escribirá has­ta haber asumido por completo el francés. Sin embargo, España será una obsesión. Gó­mez Arcos escribía en francés pero aludía a la realidad española. En español sólo había para él silencio mientras que en su patria de acogida recibía premios, éxitos, conde­coraciones como la de caballero de la Orden de las Artes y las Le­tras. Una obra suya, L’enfant pain ( El niño pan, ahora resca­tada) se incluía como lectura obligatoria en el bachillerato francés, pero él no existía en los manuales de literatura.La exiliatura de este andaluz transterrado que vaga aún como un espectro es una forma de re­beldía, un ejercicio para comba­tir contra la desmemoria del franquismo. Y lo sorprendente de este héroe de las letras es que al escoger el exilio cambiará por completo su biografía literaria. Antes de marcharse a París, Gó­mez Arcos había sido un autor teatral paradójicamente premia­do, aunque sus obras nunca se representaron. Sufrió el desdén, el silencio y el desprecio y se con­virtió en un insólito «hereje pre­miado». Así, decide establecerse en París y, tras diez años de silen­cio, cambiar de lengua y de géne­ro literario para convertirse en un novelista de éxito. Por eso, ya es hora de recordar su tumba de Montmartre y rescatarlo de las fosas del olvido. Su comprometi­da literatura lo merece.

5/10/08

CABARET VOLTAIRE publica Recuerdos de egotismo de Stendhal, en una nueva traducción de Juan Bravo Castillo.
En Recuerdos de egotismo Stendhal narra sus vivencias en París desde 1821 hasta 1830. Una etapa de brillantes relaciones sociales y de una intensa actividad literaria (Sobre el Amor y Rojo y Negro). Un testimonio excepcional de la vida en los salones del París de la Restauración.
«Además de la impudicia de hablar continuamente de sí mismo, este trabajo ofrece otro motivo de desaliento: ¡cuántas cosas audaces que yo digo ahora temblando serán vulgares tópicos a los diez años de mi muerte, por poco que el cielo me conceda una edad decente de ochenta o noventa años! Por otra parte, es un auténtico placer hablar de lord Byron, de Napoleón, etc…, y de todos los grandes hombres o, por lo menos, de todos esos seres tan distinguidos que he tenido la fortuna de conocer y que se han dignado hablar conmigo. Por lo demás, si el lector es envidioso como mis contemporáneos, consuélese: pocos de esos grandes hombres a quienes tanto amé me adivinaron. Hasta creo que me encontraban más aburrido que a cualquier otro; quizá sólo veían en mí un exagerado sentimental. Ésta es, en efecto, la peor de las especies. Sólo fui apreciado, y mucho más de lo que merecía, desde el momento en que di muestras de ingenio.»

24/8/08

Laura Castro solodelibros.com En menos de diez páginas retrató André Gide la noche de amor que en julio de 1907 vivió junto al adolescente Ferdinand. Aunque estas páginas exudan deseo y erotismo, no hay ni rastro en ellas de impudor o imágenes explícitas; antes al contrario, se caracterizan por su delicadeza y cierto lirismo romántico que alude más al sentimiento que a los sentidos.En esa noche de luna llena, Gide inició en los misterios del sexo a un joven al que el placer hacia zurear como a una paloma torcaz, de ahí el sobrenombre con el que André Gide se referiría desde entonces a aquel amante. La experiencia resultó tan impactante que el autor la puso casi de inmediato por escrito con todo detalle: la celebración de la victoria electoral de su amigo Rouart en las fiestas de Fronton, la irresistible presencia del joven a su lado durante el festejo, la vuelta a casa en su compañía, presintiendo ya la felicidad que prometía el desenlace; y, por último, la pasión que pareció empequeñecer cualquier experiencia previa: "Por momentos, interrumpiendo nuestros juegos, me quedaba quieto, erguido, inclinado sobre él, poseído por una especie de angustia, de estupefacción, de deslumbramiento frente a su belleza. No, pensaba, ni siquiera Luigi en Roma, o Mohammed en Argel, tenían ni tanta gracia, ni tanta fuerza, y el amor no obtenía de ellos movimientos tan apasionados ni delicados." La lectura de “Ferdinand” supone una sacudida, no sólo por la belleza de la obra, a la que Gide supo trasmitir la vibración de su alma, todavía conmocionada por lo acaecido: a pesar de iniciar a un adolescente virgen, se percibe que el iniciador recibió más de lo que pudo entregar, y que esa noche de julio vivió una experiencia trascendente. Sino también y sobre todo, por la capacidad de trasmitir la belleza de un momento que quien lo vive sabe único e irrepetible.De hecho, aunque es el relato de un amor homosexual, “Ferdinand” plasma de manera implícita la alegría de la unión sexual, por encima del género de los amantes. Más allá de pudores pacatos, Gide se muestra como un hombre que acepta y conoce su lado lúbrico y, en consecuencia, se entrega por entero a la ebriedad que produce el placer sexual, sin remordimientos, de una menara sana y sencilla. Y tal vez esa sea la causa de la intensidad con que vive ese placer, con que se anticipa a él, con que lo mantiene vivo en su recuerdo y lo agradece una y otra vez. Cabaret Voltaire agrega a este primera edición en castellano de “Ferdinand, la paloma torcaz” -relato que había permanecido inédito hasta el año 2002, fecha en que la hija de Gide lo dio a la imprenta-, un postfacio escrito por David H. Walker. Este pequeño estudio, basado en la correspondencia de Gide con Rouart, presenta un retrato claro de la manera en que Gide asumió y vivió su homosexualidad, seguro de que su manera de entender la sexualidad no era en absoluto una perversión. También da una idea de la huella que la noche de julio compartida con Ferdinand dejó en él para siempre, a pesar de que el joven muriera unos años más tarde de aquella aventura romántica.